Sin Salvación
—Señor Sánchez, ¡llegué tarde, lo siento!
—Este viejo dijo que usted quería golpearlo. Si le place, puede hacerlo ahora.
—Yo me quedo aquí. Si se mueve un solo dedo, hago desaparecer a toda la familia López.
Con esta última frase, Pedro lanzó una mirada gélida a José.
Aunque su voz no era alta, resonó como el rugido de un trueno en el pecho de José, dejándolo blanco como un fantasma. Sus piernas cedieron y, con un ruido sordo, se desplomó al suelo.