Ya no vive bajo el nombre del matrimonio
Llevaban tres años de matrimonio, y Mauricio Soto había perfeccionado el arte de dañar el corazón de Rebeca López.
A pesar de la indiferencia de sus suegros y la decepción de su mentor, ella seguía aferrándose a la ingenua esperanza de derretir el hielo de su esposo con su sincero amor.
Hasta ese día.
El día en que descubrió que la verdadera dueña del corazón escondido de su esposo era nada menos que la prometida de su propio cuñado.
Qué absurdo.
Quiso tener un hijo, pensando que al menos un lazo así los uniría hasta la vejez, solo para que le dijeran que no tenía ese derecho.
Qué ridículo.
El día de su aniversario de bodas, Rebeca tomó una decisión radical: partir para no volver.
Se sumergió en su investigación científica, ganó prestigiosos premios y llevó en alto el nombre de su país.
Brillaba con luz propia, y a su alrededor no faltaban hombres excepcionales que anhelaban conquistarla.
Tres años después, Rebeca salía de la clínica de maternidad tomando de la mano a un niño.
Mauricio, al verla, se abalanzó sobre ellos con desesperación que rayaba en la locura.
—¿Ese es tu hijo?
Ella, en cambio, esbozó una sonrisa desde la altura que le daba su nueva vida, mirándolo como a algo que quedó muy atrás.
—Dar a luz a mi hijo, ¿qué tiene que ver contigo, mi exesposo?