De Gorda a su Obsesión
A los 24 años, Sonia Sánchez medía 1.70 m y pesaba 90 kilos.
A los 25, seguía midiendo 1.70 m, pero ya había bajado a 50 kilos.
En solo un año, perdió 40 kilos y pasó de ser el hazmerreír de todos a convertirse en el centro de todas las miradas.
Tenía una cintura fina, curvas perfectas, piernas largas, piel clara y un rostro precioso.
Por sentarse en la mesa equivocada durante una cita, terminó casándose con Javier Cejudo, el heredero de la familia más poderosa de la capital.
Javier era famoso por ser frío, severo y exigente; jamás se le veía cerca de una mujer.
Todos esperaban verla fracasar. Decían que esa familia la echaría tarde o temprano.
Pero la realidad era muy distinta: noche tras noche, Javier perdía el control con ella, la besaba con una pasión feroz y la dejaba temblando, sin aliento…
***
Javier era guapo, rico, con abdominales marcados y un físico imponente.
Se había casado con Sonia como parte de una alianza empresarial, y su idea de un matrimonio ideal era sencilla: respetarse y no meterse en la vida del otro.
En la cama, eran fuego puro: intensos, ardientes y completamente entregados.
Pero, fuera de ella, apenas parecían pareja: cordiales, distantes, casi como dos desconocidos.
A Sonia parecía no importarle si él tenía gripe, dolor de cabeza o hasta un esguince; lo único que decía era:
—Cuídate.
Si él se iba de viaje de negocios durante un mes entero, Sonia no le mandaba ni un solo mensaje.
Ella le daba toda la libertad del mundo, pero él se sentía cada vez más insatisfecho.
Cuando volvió de uno de sus viajes, le impuso tres reglas. A partir de entonces, todos los días, como mínimo, Sonia tenía que abrazarlo veinte veces, besarlo cuarenta y llamarlo "esposo" ochenta veces.
Y, si no cumplía, se aplicaría la cuarta: hacer el amor trece veces en una sola noche.
Sonia no lo entendía. Si su matrimonio era solo una fachada, ¿por qué tenía que abrazarlo, besarlo y llamarlo "esposo" todos los días?
Javier le tomó los pies helados y se los colocó sobre el abdomen para calentárselos.
—No quiero seguir fingiendo. Quiero que seamos una pareja de verdad. Quiero enamorarme de ti… y que tú también te enamores de mí. Quiero que tengamos un bebé.