¡Me perteneces!
—Emilia —susurró contra sus labios—, eres mía, me perteneces, en esta vida y en cualquier otra, tú siempre serás Mía —se empujó arrancándole un grito de placer.
—Mía —volvió a empujarse—, no lo olvides. Soy tu dueño, soy tuyo y tú eres mía —fue más al fondo y ella se aferró clavándole las uñas en la espalda—, dilo, no lo detengas, solo dilo —le susurró a la oreja.