LATIDOS DE HONOR
Antonio ayudó a Laura a levantarse suavemente de la mecedora para unirse al círculo que se formó espontáneamente.
Daniel alzó su copa un poco más, su mirada recorriendo cada rostro, cada cicatriz, cada sonrisa. —Brindo por este desorden —dijo, y una risa cómplice recorrió el grupo—. Brindo por las ausencias que hoy se sienten como presencias. Por Ricardo e Isabella, cuyos latidos, me acaban de asegurar, siguen más vivos que nunca. Brindo por los que llegaron —su mirada se posó en los niños, en el vientre de Laura— y por los que están por llegar. Brindo por el honor de haber caído, de haberse roto, y por el valor sublime de levantarse y construir algo nuevo, algo como esto. Por esta familia.