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Capítulo 2

Author: Emma
last update publish date: 2026-09-27 15:12:55

Justo en ese momento, uno de sus secuestradores, que fumaba fuera con sus compinches, decidió ir a revisar cómo estaba el jefe. Cuando lo encontró tendido en el suelo, sobre un charco de su propia sangre, dio la alarma rápidamente y los otros dos salieron a toda prisa en busca de la hermosa joven. El sonido de un motor encendiéndose en la parte trasera les indicó que la mujer ya estaba fuera del edificio.

​Los tres hombres corrieron fuera del edificio a tiempo para ver a la maldita mujer escapando en el coche deportivo que su jefe acababa de adquirir.

—Voy a matar a esa perra de m****a —juró uno de los hombres mientras corría hacia su propio vehículo, perseguido por sus dos compañeros. Todos subieron al coche y salieron a toda velocidad en la dirección por la que se había ido la joven.

​Mientras Sophia conducía a una velocidad vertiginosa por una ruta de terreno desconocido, dejando atrás árboles y algunas casas, intentó comunicarse con su prometido, Ryan Cole, pero no logró contactarlo.

​A continuación, intentó llamar al número de su hermanastra. Sonó de manera continua, pero esta no respondió.

​—Oh, Nora, ¿por qué no contestas? —Lágrimas de dolor y horror resbalaron por las mejillas enrojecidas de Sophia mientras giraba a la izquierda y luego a la derecha, con la esperanza de cruzarse con otro conductor o, mejor aún, con la policía. Pero parecía que cada ruta que tomaba estaba desierta.

​Intentó llamar al teléfono de su padre, pero estaba apagado. Intentó con el de su madrastra, pero, al igual que el de su padre, también estaba fuera de servicio.

​—¡Mierda! ¿Dónde está todo el mundo cuando se le necesita?

​La visión de los faros de un coche que se aproximaba a gran velocidad le indicó a Sophia que sus secuestradores la habían encontrado.

​—¡Mierda! —maldijo Sophia en voz alta.

​Ajustándose el cinturón de seguridad, pisó el acelerador a fondo, aumentando la velocidad del coche a 120 km/h. Hizo otro giro a la izquierda, dirigiéndose directamente hacia un puente.

​—Kelly... —La mano temblorosa de Sophia digitó rápidamente el número de su mejor amiga y lo marcó, apartando por un momento la vista de la carretera.

​Kelly contestó al primer tono.

​—Hola, ¿quién...

​—Ke...

​¡Piiii!

​La repentina aparición de otro vehículo en sentido contrario, haciendo sonar la bocina con fuerza, hizo que el teléfono se le resbalara de la mano a Sophia.

​—¡Mierda! —Se desvió rápidamente hacia la derecha, pisando el pedal del freno al mismo tiempo.

​En un instante, el rechinido de los neumáticos y el estruendo de los cristales rompiéndose perforaron la serenidad de la noche mientras el coche de Sophia sobrevolaba la barandilla del puente, precipitándose en las tranquilas y oscuras aguas del río.

​Kane Mitchell solía viajar en avión cada vez que salía de viaje de negocios. Pero hoy, por alguna extraña razón, había decidido viajar por carretera. Necesitaba despejar su mente de tantos pensamientos abrumadores.

​Había sido una semana difícil para Kane después de que su madre colapsara repentinamente durante una reunión de té con sus amigas. Más tarde le diagnosticaron hipoglucemia debido a una dosis incorrecta en sus inyecciones de insulina. Kane despidió a todo el personal negligente encargado de cuidarla y contrató a nuevos empleados. Sin embargo, sus acciones no hicieron nada por calmar la tensión en su mente.

​Aunque su madre ya no corría peligro de muerte inminente, la idea de perderla le encogía el alma. Sin su padre, no podía permitirse ningún descuido con ella.

​Ya eran las 10:55 p. m., y la vieja carretera rural que atravesaba el condado de Ashford serpenteaba hacia un puente.

​Sintiendo la brisa fresca en su atractivo rostro y contemplando con calma la luz de la luna llena, que parecía moverse junto a su Bentley negro, los tranquilos pensamientos de Kane se vieron interrumpidos de golpe por el sonido de un coche que se aproximaba a gran velocidad.

​—Pero qué demonios... Sam, quítate del medio —tronó Derek Cross, el asistente personal de Kane, sentado en el asiento del copiloto, dirigiéndose al chófer, quien tocaba la bocina al vehículo que venía de frente.

​De repente, el rechinido de los neumáticos, seguido por el estallido de los cristales, obligó a Kane a mirar por la ventanilla lateral.

​En ese preciso instante, su mirada se cruzó con la de la indefensa joven dentro del destrozado coche deportivo antes de que este cayera por el puente.

​—Detén el coche —escuchó Kane gritar a su propia voz, con el corazón batiéndole a toda prisa y el pulso desbocado.

​—Señor... —Derek estaba aterrorizado tras haber rozado la muerte por un pelo.

​—He dicho que detengas el maldito coche —tronó Kane, quitándose la chaqueta del traje.

​Sam pisó el freno de golpe y el vehículo se detuvo.

​Kane salió del coche justo a tiempo para ver pasar otro vehículo con tres tipos de aspecto sospechoso a bordo. Tomó nota de la matrícula mientras observaba cómo aminoraban la marcha momentáneamente en el lugar del accidente antes de salir disparados.

​Kane no podía explicar lo que pasaba por su mente mientras corría a través de la carretera y se zambullía en el río.

​Aguantando la respiración, nadó hasta el coche que se hundía, cuyos faros aún estaban encendidos, solo para encontrar a la hermosa joven ahogándose, rozando su último aliento. Tenía una herida grave en la cabeza. Pero, por suerte, había logrado liberar parte de su cuerpo del interior inundado del vehículo.

​Sujetándola por la cintura, Kane logró liberar el resto de su cuerpo y nadó con ella hacia la orilla, donde Derek y Sam ya esperaban con suministros de primeros auxilios.

​—Señor Mitchell, ¿se encuentra bien? —Derek enfocó la linterna de su teléfono hacia su jefe, quien se sofocaba buscando aire.

​—Está gravemente herida. Rápido, traigan... —Kane se congeló al reconocer el rostro pálido de la joven en sus brazos.

​—¿No es esa Sophia...

​—Bennett... —Kane completó la frase de Derek, con la mirada tornándose sombría.

​«¿Acabo de arriesgar mi vida por la hija del hombre que traicionó a mi padre?». Apreto la mandíbula.

​—Señor...

​Kane salió de sus pensamientos y comenzó a realizarle la reanimación cardiopulmonar a la hija de su enemigo, sacando toda el agua posible de su cuerpo y compartiendo su respiración con la de ella a través del boca a boca.

​—Pongan el coche en marcha y llamen al equipo para que venga aquí. Quiero que este asunto se maneje con discreción y que atrapen a esos bastardos —habló finalmente Kane tras detectar el pulso en la hermosa joven inconsciente.

​La gigante y efervescente ciudad de Harborview estaba viva con el sonido de los cláxones y el bullicio de las multitudes mientras la gente realizaba sus actividades diarias.

​Se podía ver a los comerciantes abriendo sus negocios y dando la bienvenida a los primeros clientes del día.

​Había un chisme jugoso en el aire sobre la boda de farándula de la hija del senador al mediodía.

​Solo la crema y nata de la sociedad estaba invitada al enlace, y se rumoreaba que los recuerdos que se repartirían valían millones de dólares.

​De vuelta en la magnífica mansión del senador Richard Bennett, se respiraba tensión en el ambiente. Todos los sirvientes y empleados de la mansión hablaban en voz baja, temerosos de sufrir el impacto de la ira del senador.

​Todos se habían despertado llenos de entusiasmo y expectativa por la tan esperada unión entre la señorita Sophia y el señor Ryan. Sin embargo, tras casi tres horas de preparativos, la familia recibió una llamada de auxilio de Nora, diciendo que su hermana estaba desaparecida.

​Los rumores sobre la dudosa desaparición de la novia eran el tema en boca de todos. Mientras algunos empleados lamentaban abiertamente la situación, rezando por su regreso sana y salva, otros a quienes nunca les había agradado celebraban en secreto su ausencia.

​—Pobre señorita Sophia, espero que esté a salvo dondequiera que se encuentre —dijo con tristeza una de las sirvientas uniformadas que servía comida y bebidas a los invitados, sacudiendo la cabeza al pasar.

​—Pobre señorita Sophia... —imitó la segunda sirvienta a la primera, burlándose.

​—No le hagas caso a esa gorda estúpida. Siempre le está lameando las botas a la señorita Sophia —se mofó una tercera sirvienta.

​—Estoy segura de que la señorita Sophia tiene un lío con otro tipo rico. Ya sabes cómo le gusta mantener un montón de amigos hombres —susurró la segunda mientras preparaba un té de limón para la apenada señora de la casa.

​—Siento mucha lástima por el señor Ryan. Un hombre tan guapo y generoso merece a alguien mejor —renegó la otra.

​—Si yo fuera él, elegiría a la señorita Nora. Es muchísimo mejor que esa malcriada —rezongó la segunda sirvienta levantando la bandeja del té de limón con galletas.

​—Ojalá se pierda y no vuelva jamás a esta casa —las dos soltaron una risita y se fueron rápidamente a cumplir con sus respectivas tareas.

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