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Capítulo 3

Penulis: Emma
last update Tanggal publikasi: 2026-09-27 15:16:32

Dentro del amplio salón principal, algunos miembros de la familia, vestidos ya con ostentación para la ocasión, se sentaban en pequeños grupos cuchicheando entre sí.

​—¿Dónde está la novia? —era la pregunta en boca de todos.

​Mientras algunos parientes lejanos hacían un esfuerzo activo por obtener información sobre la desaparecida Sophia, otros simplemente se regocijaban en su repentina ausencia, haciendo suposiciones y falsas acusaciones.

​Se veía a varios hombres con trajes negros de vestir, que resultaban ser detectives, desplazándose de un lado a otro, hablando con distintos miembros de la familia y recopilando información.

​—Papá, ¿qué vamos a hacer? —Nora no podía contener las lágrimas que brotaban de sus ojos enrojecidos—. Han pasado más de catorce horas desde la última vez que vi a Sophia. Tengo mucho miedo.

​El acongojado padre estrechó a su segunda hija entre sus brazos.

​—No lo tengas, mi amor. Tu hermana aparecerá. Mantengamos la fe.

​—¿Y si...

​—Chist... nada de «y si».

​Nora asintió con la cabeza, sorbiéndose la nariz.

​—Ya llamé a Ryan y está devastado.

​—¿Lo llamaste? Pero si te dije que no le dijeras nada. —El senador Bennett frunció el ceño.

​—Tuve que hacerlo, papá. Lo siento. Lleva toda la mañana llamándome después de que Sophia lo dejó plantado anoche. No sabía qué más decir cuando insistió en hablar con ella. Tenía miedo de que se enterara y me odiara. —El cuerpo de Nora temblaba en los brazos de su padre.

​—Está bien. Solo esperemos que pueda manejar esta situación. —El senador suspiró, consultando la hora en su reloj de pulsera dorado—. Nos queda menos de una hora para la boda. ¿Has hablado con Kelly?

​—Sí, es un mar de nervios. Las dos estuvimos buscando a Sophia por muchísimos sitios antes de armarnos de valor y contárselo a ustedes.

​—Ay, Sophia... —El senador se pasó los dedos por el cabello—. ¿Dónde está Ryan ahora?

​—Viene de camino.

​—¿Le ha dicho algo a sus padres?

​—No, le pedí que no lo hiciera.

​—Eso está bien. —El senador Bennett exhaló, soltando a su hija—. Mantengamos esta información bajo reserva por ahora. Nadie tiene por qué saber nada hasta que estemos seguros de lo que pasó. No podemos permitirnos atraer atención innecesaria. No quiero a la prensa rondando este lugar como moscas.

​—Está bien, papá. Iré a esperar a Ryan afuera. —Nora le dio un beso en la mejilla a su padre antes de salir del salón.

​El senador se aflojó la corbata mientras se sentaba y se masajeaba la frente.

​—Señor, acabo de hablar con el jefe de policía y no hay ningún reporte sobre una persona desaparecida o un secuestro —dijo el detective a cargo del caso, intentando mantener un tono profesional—. ¿Existe la posibilidad de que la señorita Sophia nunca haya querido...

​—No —respondió el senador Bennett sin pensarlo dos veces—. Ella ama a Ryan y deseaba este matrimonio. Nunca se le impuso. ¿Qué hay de los lugares que podría haber visitado anoche? ¿Han hecho más averiguaciones?

​—Sí, señor. Registramos el hotel donde se celebró la despedida de soltera. También estuvimos en el lugar donde fue la despedida de soltero de él. Interrogamos de forma discreta a varios asistentes a la fiesta. Y fuimos al restaurante donde se suponía que ella se reuniría con su prometido anoche.

​—¿Y su ático?

​—Nada. No ha aparecido por allí en casi una semana. —El detective suspiró—. Según la información recopilada de anoche, la señorita Sophia salió del hotel, pero nunca llegó a su destino.

​—¿Y las imágenes de las cámaras de seguridad fuera del hotel? —preguntó el señor Bennett, empezando a perder la esperanza—. ¿No nos muestran a dónde fue?

​—Me temo que no, señor. Las cámaras exteriores solo captan a los huéspedes al entrar y salir del recinto. La grabaron saliendo en su coche, pero no regresó. Curiosamente, su vehículo estaba aparcado a cuatro manzanas del hotel. No había señales de forcejeo ni de entrada forzada. Se fue con sus pertenencias personales y dejó la llave dentro del coche. No sé si fue un despiste o algo intencionado. Pero, si no supiera más del asunto, diría que se subió voluntariamente al coche de un extraño, sin intenciones de regresar esa noche.

​—¡Dios mío!

​La señora Vivian Bennett (la madrastra de Sophia), que había estado sollozando en silencio, lanzó un grito dramático llamando la atención de todos.

​Ataviada con un deslumbrante vestido de alta costura a medida y adornada con diamantes de diseño exclusivo, Vivian estaba lista para robarle el protagonismo a la novia. No veía la hora de salir de la mansión y exhibir su glamuroso atuendo ante el mundo.

​Tanta pregunta y respuesta estaba empezando a darle dolor de cabeza. La mimada desaparecida se había ido para siempre y ya era hora de que su hija ocupara el centro del escenario. ¿Por qué nadie podía verlo? ¿Tendría que explicárselo con manzanas?

​Llevándose un pañuelo blanco a la comisura de los ojos, se secó lentamente sus lágrimas de cocodrilo.

​—¿Por qué... Por qué a nosotros? ¿Por qué a esta familia? ¿Por qué hoy, de entre todos los días? ¿Qué hemos hecho para merecer semejante humillación?

​«¡En serio!». La tía Diane, tía materna de Sophia, no pudo ocultar la mueca de asco en su rostro al ver cómo esa cazafortunas soltaba semejantes tonterías.

​—Detectives, por favor dispénsenos. Necesito hablar con mi esposa —dijo el senador Bennett tajantemente, señalando la salida.

​—De acuerdo, senador, lo mantendremos al tanto si surge alguna novedad. —El detective chasqueó los dedos y sus colegas lo siguieron fuera.

​Vivian continuó quejándose en cuanto el último detective cerró la puerta.

​—¿Qué vamos a hacer para salvar a esta familia de este bochorno? ¿Qué les vamos a decir a nuestros invitados que han viajado de todas partes del mundo para apoyarnos? ¿Cómo vamos a enfrentar las críticas del público? ¿Qué pasará con toda esa comida, las bebidas y la decoración tan costosas? ¿Qué...

​—¡Vivian! —el senador Bennett le gritó a su esposa, incapaz de contener el nudo de rabia que le crecía en el pecho.

​Un silencio sepulcral se apoderó de inmediato del salón mientras todas las miradas oscillaban entre el senador y su esposa, a la espera de un enfrentamiento verbal.

​—¿Hablas en serio ahora mismo? Mi hija está desaparecida y en lo único que puedes pensar es en la comida y la bebida. ¿Qué te pasa? ¿Acaso esas futilidades son más importantes que mi hija?

​—Richard, por favor, no me grites. No he dicho nada malo, solo estoy constatando la realidad.

​—¿Qué realidad...? —El senador Bennett le clavó una mirada furiosa a su esposa.

​—Si la memoria no me falla, esta no es la primera ni la segunda vez que Sophia decide marcharse de repente sin decirle a nadie a dónde va. Es una muchacha de espíritu libre. Pero lo bueno es que siempre vuelve a casa cuando está lista, y siempre tiene una historia maravillosa que contar.

​Algunos miembros de la familia asentieron con la cabeza, dándole la razón.

​—Muy cierto —coincidió abiertamente Rita, la hermana menor de Vivian, ganándose una mirada amenazante del senador. Pero Vivian no había terminado de hablar.

​—Cariño, sé que esta situación es delicada y me rompe el corazón ver a nuestra familia tan angustiada. Pero estoy segura de que Sophia está bien, dondequiera que se encuentre. Aun así, me preocupa cómo afectará esto a la imagen de la familia si no se maneja adecuadamente. No quiero que nos convirtamos en el reír de todo el mundo. Esto podría incluso arruinar tu carrera política.

​—Deja mi imagen política fuera de esto y concéntrate en encontrar a mi hija. —El rostro del senador Bennett se endureció, adoptando un tono gélido.

​—Richard... —Rita intentó interceder de nuevo, pero fue ignorada por completo por el senador.

​—Está bien. Pero ten presente que Sophia también es mi hija y a mí también me preocupa su bienestar. —Vivian bajó la cabeza, fingiendo estar destrozada por la dureza de su marido frente a todos.

​—¡Richard! —reprendió la anciana abuela Bennett con tono de censura—. No le vuelvas a hablar a tu esposa de esa manera. Ella tiene todo el derecho de preocuparse por la imagen de esta familia, a diferencia de esa hija malcriada que tienes.

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