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Le di sus herederos y desaparecí
Le di sus herederos y desaparecí
ผู้แต่ง: Hyacinth

Capítulo 1

ผู้เขียน: Hyacinth
POV: Riona

La sangre que manchaba el suelo era mía. Se deslizaba entre mis piernas, tibia, y formaba un charco debajo de la cama de parto. El sanador, mientras tanto, envolvía a mi cachorra en una manta. Ni siquiera me la mostró. Tampoco me preguntó si quería tenerla en brazos.

Luego fue hasta donde estaba Seraphina y le entregó a mi cachorra. La puerta se cerró detrás de ambos. Escuché cómo el llanto de mi cachorra se alejaba por el pasillo hasta desaparecer.

Tres días después, Seraphina me ordenó que me presentara ante ella en el salón de la manada. La ley no me permitía rechazar una convocatoria formal de la Luna, así que me obligué a salir de la cama antes del anochecer. El desgarro que me había dejado el parto aún no había sanado y cada paso me provocaba una punzada de dolor. Cuando llegué al salón, los vendajes que llevaba bajo el vestido ya estaban empapados de sangre.

Seraphina estaba sentada a la cabecera de la mesa del consejo, con un cojín sobre el regazo. Mi cachorra dormía sobre él. Le acariciaba una oreja con la punta del dedo. Cuando entré, apenas me miró y ni siquiera intentó levantarse.

—Te ves fatal. ¿Pasa algo? —preguntó Seraphina sin dejar de acariciar la oreja de mi cachorra.

—No —respondí con la mirada fija en el suelo.

—Bien —dijo Seraphina mientras alzaba a mi cachorra y la acomodaba contra su pecho—. Entonces dejemos algo claro. La manada Bloodmoon necesita herederos cuyo lugar en la sucesión nadie pueda cuestionar. Tu familia tiene uno de los linajes más poderosos del norte. Por eso estaba claro que debíamos elegirte.

Qué fácil le resultaba hablar de elecciones cuando nadie me había preguntado qué quería yo.

Seraphina le acomodó la manta a mi cachorra y señaló la puerta del sótano con la barbilla.

—Si puedes mantenerte de pie, también puedes servir para algo. Hay que vaciar el sótano que usamos como almacén. Termina antes de volver a tu habitación —ordenó.

Debajo del salón había un sótano húmedo donde el aire apenas circulaba. Apestaba a moho, grasa rancia y pieles viejas de animales. Había trampas rotas, cajas agrietadas, puertas de jaulas cubiertas de óxido y huesos roídos. Todo aquello llevaba años amontonado. Cada respiración me dejaba polvo pegado a la lengua. Me agaché y empecé a sacar las cosas una por una.

Escuché pasos en el salón, justo encima de mí. Luego oí a Seraphina tararear mientras caminaba de un lado a otro con mi cachorra en brazos para dormirla.

Seguí trabajando hasta que dejé de sentir las manos. Los bordes de mi visión empezaron a oscurecerse, las piernas me fallaron y el suelo pareció subir hacia mí. Apenas podía mantenerme consciente cuando oí a alguien bajar por las escaleras del sótano, pero todavía logré distinguir la voz de un guardia.

—El Alfa está aquí —anunció.

—Solo le pedí que sacara unas cuantas cosas —respondió Seraphina desde el salón con voz suave y temblorosa—. Después se desplomó como si yo hubiera intentado hacerle daño. Sabes que jamás haría algo así.

Escuché que Lucian le contestó, pero no pude entender sus palabras. Después todo se apagó.

Cuando abrí los ojos, ya era de noche. Lucian estaba sentado en el borde de mi cama, con los codos apoyados sobre las rodillas. Lo miré durante unos segundos, pero no conseguí saber qué estaba pensando.

—El sanador dijo que todavía estás débil por el parto —explicó Lucian—. Seraphina no se dio cuenta de lo graves que eran tus heridas. No quiso lastimarte. No la acuses de haberlo hecho a propósito.

Tenía dieciocho años cuando la Diosa Luna me reveló que Lucian Thorne era mi compañero destinado. Aquella noche, bajo la luna llena, el corazón me latía tan fuerte que me retumbaba en los oídos. Lucian era el heredero de la manada Bloodmoon y el guerrero al que había amado en silencio desde lejos. Creí que aquel era el momento más feliz de mi vida.

Ahora ese mismo lobo estaba sentado frente a mí y defendía a la loba que me había enviado a un sótano tres días después de dar a luz. Lo escuchaba como si su voz viniera de otro mundo.

—Lo entiendo —respondí sin levantar la voz—. Seraphina es tu Luna. Respetaré su autoridad.

Lucian se quedó mirándome y supe que recordaba a la Riona de tres años atrás. Después del nacimiento de nuestro cachorro, me había arrastrado fuera de la cama para alcanzarlo antes de que cruzara la puerta. La sangre se deslizaba por mis piernas. Me aferré a su manga y le supliqué que me dejara ver a mi cachorro, pero él se zafó y se marchó.

Durante los meses siguientes, cada vez que Lucian se acercaba, yo volvía a suplicarle: «Por favor, déjame ver a mi cachorro. Por favor, no dejes que ella me lo quite del todo». Se lo rogué tantas veces que terminé odiando el sonido de mi propia voz.

Esta vez, en cambio, tenía los ojos secos.

—Una vez que la manada la reconozca como cachorra de Seraphina, ningún Anciano podrá disputarle su lugar en la sucesión —continuó Lucian, atento a mi reacción—. Eso protege a la cachorra y también a la manada.

—Claro —respondí.

La respuesta me salió con demasiada facilidad. Lucian guardó silencio unos segundos, como si esperara que me enojara o empezara a llorar, pero no hice ninguna de las dos cosas.

Desde el pasillo, una sirvienta anunció que la luna ya estaba saliendo. La cena de Seraphina estaba lista y la cachorra no conseguía calmarse sin Lucian.

Él se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volteó para mirarme.

—Seraphina ya no puede tener cachorros por haberme salvado la vida. Nunca podré pagarle todo lo que le debo —me recordó Lucian desde la puerta—. Tú también formas parte de esta manada, Riona. Necesito que entiendas todo lo que está en juego. —Apretó la mandíbula y guardó silencio. Parecía querer decir algo, pero no encontraba las palabras—. Cuídate. Si llega a haber otro cachorro, podrás quedártelo.

¿Otro cachorro?

Hablaba como si los dos que ya me había quitado no contaran.

No le respondí. Esperé hasta dejar de escuchar sus pasos por el corredor y después me volteé hacia Morwen, la única asistente que no me había dado la espalda.

—¿Ya se fueron los renegados del norte? —le pregunté.

—Sus grupos se dispersaron después de los enfrentamientos del invierno pasado. Ninguno ha cruzado la frontera desde entonces —respondió Morwen.

—¿Y qué pasó con los Ancianos que querían arrebatarle a mi padre su puesto en el consejo? —insistí.

—Lucian envió a los peores al puesto avanzado del sur. Los demás se echaron atrás —informó.

Por primera vez en varios días, sonreí, pero no porque estuviera feliz.

—Bien —murmuré.

Mi padre estaba a salvo. Sus enemigos habían desaparecido. La manada ya no me necesitaba para mantener unidas sus frágiles alianzas.

—Entonces yo también puedo irme —dije.

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