Diez años de amor ciego, mejor un despertar
Luisa adoptó el mismo tono ligero:
—Si ya nos vamos a casar, ¿todavía me va a llamar “señorita Benítez”
Alejandro se quedó un segundo en blanco, como si no hubiera esperado ese comentario. Luisa, al verlo desconcertado, entendió que se le había ido la mano con la confianza: para una pareja de compromiso arreglado que apenas se había visto un día, sonaba demasiado íntimo. Se le encendieron las mejillas; estaba por corregirse cuando él volvió a sonreír. Sus ojos, aun dentro del auto medio a oscuras, brillaban, y Luisa se quedó un instante absorta.
Alguna vez, Fernando también la había mirado así. Fue hace muchísimo tiempo, cuando en sus ojos solo existía ella; cada vez que la veía, su mirada —