Los Gemelos del DIABLO
Cuando la prenda quedó en el suelo, Sofía quedó apenas con el brasier de encaje blanco
—Déjame… —dijo él en un murmullo áspero.
La guió con suavidad, sosteniéndola por la cintura, hasta que ella apoyó las rodillas en el sillón y se despegó un poco de él. Así, la herida quedó a la altura de su rostro. Renzo inclinó la cabeza despacio, con los ojos fijos en ella, y acercó los labios. Sofía lo miraba, con la respiración entrecortada. Renzo besó con una ternura que no parecía pertenecerle, primero el borde de la herida, luego más arriba, en la piel sana. Besos lentos, húmedos, como si quisiera pedir perdón, como si en cada roce le agradeciera haber recibido aquella bala por él.