La Cautiva y el Conquistador
Los Secretos de Rajar
Esa misma tarde, algo inesperado sucedió. Rajar me pidió que lo acompañara a los establos, lejos de los ojos curiosos de su madre y de los sirvientes. El aire en los establos era más cálido, con olor a heno y a caballo, un respiro del frío y la tensión del castillo. Mientras acariciaba a uno de los caballos, Rajar comenzó a hablar de una manera que nunca antes había escuchado. Su voz era baja, casi triste.
—Sabes, Christina —dijo, sin mirarme, frotando suavemente la nariz del caballo—. Este lugar siempre fue mi refugio cuando niño. Lejos de... de todo.