Si, papi
no sé a qué te refieres —mentí, sintiendo que mi propia voz me sonaba ajena, lejana, mientras los nervios me destrozaban por dentro.
La cobardía me embargaba; no tenía el valor de enfrentarlo, no en este momento, no mientras me sentía tan vulnerable.
Entonces, el estallido. Mi padre, el hombre que siempre me había hablado con suavidad, alzó la voz hasta el grito, un rugido cargado de una decepción que me atravesó el alma.
—¡¿TE ESTÁS ACOSTANDO CON TU JEFE Y CON TU EX SUEGRO?! ¡DÍMELO, ALAIA!