DE EMPERATRIZ A PRIMERA DAMA
Él me siguió, su respiración entrecortada, un gruñido profundo escapando cuando alcanzó su clímax, nuestros cuerpos temblando juntos.
Nos derrumbamos, sudorosos, enredados en las sábanas, nuestras respiraciones pesadas llenando el cuarto. Me acurruqué contra su pecho, su corazón latiendo bajo mi mejilla, el aroma de su piel mezclado con el mío. "Te amo", susurré, mis dedos trazando las cicatrices en su brazo. Él besó mi cabello, su voz baja. "Eres mi vida, Alexandra. Siempre lo has sido." Nos quedamos así, envueltos en el silencio, el amor que nos unía más fuerte que las guerras, la muerte, las vidas pasadas. Era un amor inmortal, forjado en sangre y promesas, un lazo que ni el tiempo podía