Domando al amor
Ella lo abrazó, hundiendo las uñas en su espalda, besándolo entre jadeos.
Se amaron con furia y ternura a la vez, como si cada instante pudiera ser el último. El calor de sus cuerpos se mezcló con el del desierto, y por un momento, todo desapareció: el Contador, Mateo, la carpeta, la huida.
Solo quedaban ellos.
Cuando al fin se dejaron caer, exhaustos, Luca la sostuvo entre sus brazos, acariciando su cabello. Eva respiraba agitada, con lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas.