Siempre rechazada, nunca amada.
Emmanuel enciende el motor de su camioneta y acelera el paso saliendo de la gran mansión Maglot.
Su mente maquina recuerdos del momento en el que la vio arrodillada frente a él, con lágrimas derramando por sus mejillas. Su corazón da un vuelco ante un nuevo recuerdo en el que la visualiza entre la nieve herida, sus palabras, la palabra: “Te amo”. Entre sollozos agonizantes lo impulsan a acelerar, intentando marcarle nuevamente. “Dios, no, no me hagas esto, no puedo sola, no me dejes, Emmanuel, por favor, eres lo único que tengo, por favor, Emmanuel, no me dejes, despierta, mi amor, despierta, por favor, por favor.” “No me dejes, tú no, Emmanuel, por favor, te lo ruego, reacciona, reacciona,