La obsesión del italiano
Estaba a punto de correr, pero al ver su rostro, me quedé pálida al instante.
—¿Silvano...? —pronuncié casi convencida de que era él, pero los ojos de Silvano son azules, y los de este hombre son grises—. No, tú no eres Silvano.
—Ciao, principessa Pallegrini —esbozó una sonrisa macabra mientras se acercaba lentamente, al tiempo que yo retrocedía asustada por esta persona que nunca había visto, pero que se parece mucho a Silvano —. Me presento, Leonardo Berlusconi para servirte.