El amante perfecto
-Desde ahorita mirándola, primor, usted es bellísima, ya me imagino lo sabroso y delicioso que será besarla, quiero agarrar sus sentaderas, qué delicia debe ser estrujarte, amorcito-, se me insinuó poniendo la cara melosa, sacando la lengua, incluso saboreándose sin dejar de contemplar mis pechos, mis caderas y mis piernas.
-Usted no está loco, es un idiota-, le dije molesta, me di vuelta y me fui. Los policías me vieron salir y, de inmediato, volvieron a fijar su mirada en la nada.
En la laptop me enteré todo de Trevor. Era un gángster, se le involucraba en robos a banco y la prensa afirmaba que había ultimado a tres sujetos, rivales de robos, ametrallándolos