Sufrida
—Eso no se vale —dice y hace un puchero, como niño caprichoso que sabe perdió la razón.
Yo suelto una risita porque de verdad, ver a semejante portento de hombre, maduro y poderoso, mostrarse con esa actitud tan sencilla, tan natural, me divierte.
—Eres un buen jefe, te preocupas por tus empleados; piensa en ellos y verás como sí es justo —murmuro, besando sus mejillas.
Rodeo su cintura con mis manos y acaricio su espalda. No quisiera despedirme, pero debo hacerlo. De seguro Marge está preocupada y es hora de salir del país del ensueño para regresar a mi realidad.