Casada con el monstruo
Inmóvil, incapaz de moverme, me consumen la agonía y el dolor, una muerte lenta y dolorosa que me reclama.
Y entonces, aparece él, ese hombre gigante de ojos profundamente dorados, ahora oscuros y agitados, con sus antebrazos y nudillos heridos, probablemente por la violencia con la que venía. Se presenta ante mí y al verme, sus ojos reflejan pánico mientras corre hacia donde agonizo.
—Benjamin...—gesticulo débilmente, extendiendo mi brazo para alcanzarlo o para que él me alcance a mí.