Me flipa recordar cómo y dónde se rodaron las escenas de «Mad Max: The Wasteland» y otras entregas de la saga; hay una mezcla entre desierto real y carreteras australianas que te deja sin aliento. En mi cabeza se mezclan imágenes del polvoriento Outback australiano con las dunas infinitas del desierto del Namib, y eso es porque la franquicia —y obras derivadas con títulos parecidos— han aprovechado ambos tipos de paisaje. Las escenas de carretera, los paisajes quemados y las ciudades abandonadas suelen filmarse en zonas remotas de Australia como Broken Hill, Silverton y otros parajes en Nueva Gales del Sur y en el norte de Australia, donde las rutas y los pueblos fantasmas aportan esa estética oxidada y postapocalíptica.
Además, para obtener planos más extremos o un tono visual distinto, muchas producciones de la familia «Mad Max» han viajado hasta África, especialmente al desierto de Namibia, donde las dunas y llanuras rojas ofrecen un fondo brutal y fotogénico que no se consigue en cualquier lugar. Las secuencias interiores y algunos efectos se suelen completar en estudios en grandes ciudades australianas, donde se construyen sets y se controla la iluminación y el sonido. Yo he seguido los making-of y siempre me impresiona cómo combinan localizaciones reales con trabajo de estudio para lograr una coherencia visual tan potente.
En definitiva, cuando pienso en «Mad Max: The Wasteland» imagino un mosaico: carreteras y pueblos oxidados en el interior de Australia, desiertos monumentales en Namibia y sets controlados en estudios para las escenas más complejas. Esa mezcla es lo que le da alma a la estética del mundo, y por eso tantos fans nos quedamos pegados a la pantalla viendo cada plano con devoción.