Mis diez maridos
no dejaba yo de reír y sentirme en la gloria en los brazos de Moe.
Nuestro idílico romance, propio de una novela de amor, se cortó, sin embargo, de improviso, un día después, porque Warren debió viajar de improviso no sé a dónde. Yo no lo sentí cuando se marchó. Dormía apaciblemente, encandilada de la estupenda faena en la cama que tuvimos durante la noche, entregados a la pasión y la emoción de las carnes desnudas y cuando desperté no solo aún humeaba por mis propias candelas que incendiaron mis entrañas, sintiéndome sensual y sexy, sino que Moe no estaba. Él había dejado una nota pegada en la almohada que decía que tenía un trabajito muy importante.