Domando al amor
Luca la observó un instante, como si quisiera grabar en su memoria cada curva, cada detalle, antes de inclinarse de nuevo y cubrirla de besos.
Eva arqueó la espalda, hundiendo los dedos en su cabello. Cada caricia era un alivio y una condena. Allí, en ese cuarto pobre, en medio de la persecución, el deseo era más poderoso que el miedo.
Sus labios descendieron por su vientre, lentos, exploradores, hasta que Eva lo atrajo de nuevo hacia sí con un gemido suplicante.
—No me dejes… —murmuró entre jadeos.