Adicto a su toque
Carolina Quintana logró comprometerse con un hombre poderoso e influyente.
Él era guapo, distinguido, tenía un físico irresistible, era bueno en la cama y, además, nada encimoso.
Le pagó los estudios y acordó con ella un compromiso por conveniencia.
Ambos obtenían lo que necesitaban.
Que Carolina terminara enamorándose de un hombre así era lo más normal del mundo.
Pero justo antes de que venciera el acuerdo de compromiso, recibió varios mensajes en su celular: la mujer que él amaba de verdad había regresado al país.
Carolina despertó de golpe.
Devolvió el anillo de compromiso, tomó el dinero y se fue lejos.
Lo que no esperaba era que, unos días después, mientras se divertía con un modelo masculino en un hotel extranjero, alguien tocara a la puerta.
Del otro lado estaba su prometido, con la mirada sombría.
—¿Por qué huiste, Carolina?
***
Javier Gómez tenía un secreto: sentía una aversión extrema al contacto físico.
Pero esa necesidad era selectiva: detestaba que cualquiera lo tocara.
Con Carolina, sin embargo, era distinto.
Estaba completamente obsesionado.
Por eso movió todos los hilos para convertirla en su prometida.
La ayudó en secreto, la vio avanzar paso a paso hacia la cima y también hacia él.
Pero justo entonces, Carolina huyó.
Y le dejó un correo en el que le deseaba felicidad junto a la mujer de su corazón.
¿Desde cuándo él tenía una mujer en su corazón?
Poco a poco, Javier descubrió que sus propios amigos fingían ser confidentes de Carolina, cuando en realidad sembraban discordia a sus espaldas.
Y su medio hermano, sin que él lo supiera, se hacía pasar frente a Carolina por un modelo pobre, metido de lleno en su papel.
Todos competían entre sí, arrebatándose el amor a cualquier costo, mientras hombres acostumbrados a estar por encima de los demás estaban dispuestos a rebajarse por ella.