Fingí Morir para Dejar de Amarlo
Durante la cena, Julián Orozco, un amigo de mi esposo Bruno Ortega, soltó de pronto en italiano:
—Hace tres años, para poder firmar en nombre de Fiona una carta de perdón a favor de Simona, te casaste con Fiona con una boda por todo lo alto. En estos años he visto cómo Fiona se ha ido encariñando cada vez más contigo, pero tú sigues mintiéndole. Le haces creer que las pastillas anticonceptivas son antidepresivos. ¿No temes que, cuando Fiona sepa la verdad, se venga abajo?
El rostro de Bruno se ensombreció, y él sonrió con amargura.
—Un hijo que no es deseado por su padre no tiene por qué nacer. En cuanto a Fiona, mientras deje de interponerse en la felicidad de Simona, cumpliré mi promesa y la protegeré toda la vida.
Nadie sabía que, para estar a la altura de Bruno, yo había aprendido italiano hacía mucho tiempo.
Estaba de pie a unos pasos del comedor, en la sala, con marcas frescas de besos en el cuello y las supuestas pastillas para la "depresión" en la mano. Sentí que todo el cuerpo se me helaba.
Así que todo el amor que él decía sentir por mí era falso.
La salvación que yo creí haber encontrado no era más que una trampa cuidadosamente planeada.
Si así estaban las cosas, decidí concederles a todos lo que querían.