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El Don Me Rogó Por Una Segunda Oportunidad

El Don Me Rogó Por Una Segunda Oportunidad

—Ayúdame a fingir mi muerte y a organizar una identidad completamente nueva. —Doña —el hombre estaba claramente conmocionado—. ¿Por qué? El Don la adora. Toda Sicilia sabe que... —Eso no es asunto tuyo —lo interrumpí—. Me voy en cinco días. Al salir del mercado negro, la pantalla LED de la plaza todavía mostraba imágenes de mi fastuosa boda con el Don Alexander hace tres años, una ceremonia que costó más de quinientos millones de dólares. Todos pensaban que Alexander me amaba profundamente, y yo también lo creía. Hasta esta tarde. En nuestro tercer aniversario de bodas, regresé a Sicilia temprano y me escondí en la sala de descanso de la oficina de mi esposo, queriendo darle una sorpresa. En su lugar, vi a su secretaria escondida bajo su escritorio. Mientras el subjefe, Marco, informaba sobre las pérdidas de la operación de contrabando en el muelle, Isabella estaba arrodillada entre las piernas de Alexander, desabrochando hábilmente sus pantalones. Su cabeza subía y bajaba. Después de que Marco se fue, Isabella sonrió seductoramente. —¿Podría tu Doña atenderte de esta manera durante una reunión? La voz de Alexander estaba llena de deseo. Sus manos amasaban los pechos de ella. —Sophia es demasiado convencional, demasiado aburrida. Tú eres mucho más emocionante en la cama, pequeña zorra. Me cubrí la boca, completamente devastada. Pero cuando finalmente me fui, el Don, que me había considerado aburrida, fue quien se desmoronó por completo.
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Nadando En Las Medias De Mi Ahijada

Nadando En Las Medias De Mi Ahijada

—Padrino, ¿así es la postura correcta? Estábamos en el Club Deportivo y le enseñaba a mi ahijada la técnica para entrar al agua. Briseida se inclinó, dejando su trasero bien firme en alto, y sin querer terminó rozando mi paquete. Sentí un corrientazo, una sensación eléctrica que me sacudió. Pero lo que más me excitó fue lo que pasó después de que saltara. Como era malísima para nadar, empezó a chapotear con desesperación en cuanto entró al agua y, entre tanto ajetreo, se le soltó el hilo del bikini. Me lancé de inmediato a rescatarla. Ella forcejeaba y se aferraba a mí con todas sus fuerzas, haciendo que se la rozara una y otra vez. Y lo más increíble era que su padre estaba ahí mismo, observándonos a un lado de la alberca.
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Les dolí cuando me perdían

Les dolí cuando me perdían

A los diez años, Diego me sacó del infierno y me juró que siempre me cuidaría. A los quince, apareció Bruno, quien también me prometió estar siempre a mi lado. Hoy, con veintitrés, esos dos que juraban protegerme... fueron los mismos que me arrojaron al mar con sus propias manos… Todo por ella, su alma gemela.
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El aborto: el fin de mis sufrimientos

El aborto: el fin de mis sufrimientos

En mi sexto mes de embarazo, mi hermana menor, Clara Soto, sufrió un accidente de tráfico. Debido a la pérdida de sangre, requirió con urgencia un donante compatible. Y, según los exámenes, yo era la única que podía salvarle la vida. Sin embargo, debido a que durante los últimos meses de embarazo había perdido peso, me recomendaron no donar. Aun así, mi familia me obligó. Por lo que, sin fuerzas para oponerme, esperé que mi esposo me ayudara a salir de esa situación. No obstante, se quedó a un lado con los brazos cruzados, diciendo: —Estás bien de salud. Donar sangre no te afectará en nada. Clara tendrá un futuro brillante, no voy a permitir que lo destruyas. Después de la donación, me desmayé. Y, cuando desperté, supe que algo dentro de mí se había roto. Por lo que, sin decir ni una palabra, lo primero que hice fue agendar un aborto.
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Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas

Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas

—Señor instructor, ¿qué es eso duro que siento ahí abajo? En la escuela de manejo, dentro del Instituto de Artes de San Pedro, estaba dándole clases a una alumna de primer año bastante atractiva. Nunca me imaginé que esa chica, que a primera vista parecía ingenua, vendría vestida de manera tan provocativa e insistiría en sentarse sobre mis piernas para que le enseñara a manejar “mano a mano”. Durante todo el trayecto, tuve que resistir mis impulsos y concentrarme en enseñarle bien, ignorando a propósito cómo se frotaba contra mí, a veces sin querer y otras no tanto. Pero quién iba a decir que soltaría el embrague demasiado rápido. El motor se apagó y dio una sacudida. Ella cayó de sentón entre mis piernas. El impacto se sintió en su zona más íntima. Y lo único que traía puesto era una faldita corta y ropa interior de tela muy delgada.
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52 Veces Despedida

52 Veces Despedida

Después de cinco años de relación, mi novio, abogado, canceló nuestra boda… ¡52 veces! La primera vez, me dejó plantada en la playa porque su pasante —una joven que trabajaba con él en el bufete— cometió un error llenando unos formularios, y él volvió corriendo a la oficina. La segunda, justo cuando estábamos por casarnos, se enteró de que otro abogado estaba haciendo pasar un mal rato a la misma pasante y se fue a «ayudarla», dejándome sola ante las risas de todos los invitados. Desde entonces, no importaba cuándo planeáramos la boda, ella siempre tenía un nuevo problema urgente que lo requería. Hasta que un día, me harté. Con el corazón roto pero la frente en alto, decidí terminar con todo. Y ese día que me fui de Santa Lucía del Valle… Él se volvió loco, buscándome por toda la ciudad.
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El Divorcio que los Destruyó

El Divorcio que los Destruyó

Era la sexta vez que Dante Falcone azotaba aquel maldito acuerdo de divorcio frente a mí, obligándome a firmar. Esta vez no me resistí. Dejó la pluma sobre la mesa. En ese momento, un silencio asfixiante llenó la habitación. Sus ojos castaños me recorrieron con fijeza, como si buscara una grieta en mi decisión o intentara leer qué pasaba por mi cabeza. —¿Por qué tan obediente esta vez, Sofia? ¿O planeas otro truco? No olvides quién eres, señora Falcone. Me quité el anillo de rubí que simbolizaba a la dueña de la familia, el mismo que él me había puesto cuando me propuso matrimonio en Sicilia. Lo dejé con suavidad sobre el escritorio, una superficie que tantas veces había visto manchas de sangre y fajos de billetes. —No, Dante. Solo estoy cansada —respondí con una calma que me desconocía—. Tu mundo es demasiado ruidoso.
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Tabú: Ataduras y Pecados - Fetiches

Tabú: Ataduras y Pecados - Fetiches

Contenido adulto. Explícito. Provocador. Entre el placer y el peligro, no hay reglas, solo límites por poner a prueba. En este segundo volumen de la serie Tabú, el deseo adopta nuevas formas y el cuerpo se convierte en territorio de entrega, dominación y secretos inconfesables. Cada relato se sumerge en un universo distinto: lujuria a media luz, sumisiones consentidas, fantasías que arden en la piel y juegos que desafían la moral, el poder y el placer. Hombres y mujeres se despojan no solo de la ropa, sino también de las máscaras. Ataduras, vendas, órdenes susurradas y gemidos prohibidos: nada aquí es inocente. En “Tabú: Ataduras & Pecados - Fetiches”, el fetiche es rey y el pecado, una invitación. Prepárate para perder el aliento, cruzar fronteras y descubrir el lado más crudo e irresistible del deseo humano. Tabú: Ataduras y Pecados - Fetiches no es solo una lectura. Es una rendición.
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Diez años de amor ciego, mejor un despertar

Diez años de amor ciego, mejor un despertar

Lo primero que hice al regresar a la gala para elegir esposa fue intercambiar en secreto mi tarjeta numerada de candidata por la de mi hermana adoptiva. Cuando Fernando Romero tomó el ramo con el número de Lucía Benítez, se le desbordó la alegría en los ojos. Le sostuvo la mano y, solemne, le juró una vida entera. —Lucía, serás la única mujer de mi vida. Luego se volvió hacia mí y, de golpe, se le heló la mirada. —Siempre te vi como a una hermana. No intentes ocupar el lugar de Lucía. Aquel aviso frío me atravesó el pecho. Las habladurías me devoraron otra vez, igual que en mi vida pasada. Todos se burlaban de mí, la “arrastrada” de Fernando. Diez años detrás de él con el corazón en la mano… y el hombre terminó enamorado de la supuesta heredera, mi hermana adoptiva.
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Renací en el Desierto y Ya No Soy Tuya

Renací en el Desierto y Ya No Soy Tuya

Después de sufrir una caída mientras estaba embarazada, mi hijo de seis años, Antonio Juárez, no corrió a ayudarme. Cuando desperté, ya había perdido al bebé. Junto a mi cama del hospital, Antonio se escondía detrás de Manuel Juárez y murmuraba en voz baja: —¡Yo pensé que mamá otra vez se había desmayado a propósito para llamar mi atención! ¡Ya lo había hecho varias veces para que no saliera a jugar con Dulce! Manuel dijo con frialdad: —Siempre recurres a estas escenas para llamar la atención. Antonio ya ni siquiera confía en ti. Deberías pensar bien por qué prefiere estar con Dulce y no contigo. Sentí que el corazón se me hacía pedazos. Al día siguiente de que me dieron el alta, volví a casa, recogí todas mis cosas y solo dejé un acuerdo de divorcio y un documento en el que renunciaba a todo vínculo materno-filial con Antonio.
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