De Su Amor a Su Venganza
Los guardaespaldas de Sebastián, vestidos de negro, eran hombres entrenados, con una disciplina y una fuerza que no tenían nada que ver con los matones baratos que Mariana había contratado.
En menos de un minuto, todos sus hombres estaban reducidos, tirados en el suelo sin poder moverse, y la propia Mariana —la orgullosa “señorita Altamirano”— se encontraba aplastada contra el piso, con el cabello hecho un desastre y el maquillaje corrido hasta parecer una caricatura.