เข้าสู่ระบบEl miedo en los ojos de Adrian Sterling duró solo un segundo, pero fue suficiente. Antes de que pudiera preguntar qué significaba el mensaje, su expresión se endureció, volviendo a ser la máscara impenetrable del CEO despiadado.
"El trato es simple", dijo, como si nada hubiera pasado. "Te casas conmigo, vives en mi casa, asistes a los eventos. A cambio, obtienes la verdad y la protección de mi nombre. Necesito una respuesta ahora." "¿Qué es la llave?", pregunté. "¿Qué significa ese mensaje?" "No es tu preocupación." "Si voy a ser su esposa, aunque sea falsa, creo que es mi preocupación." Él me miró fijamente, evaluándome. Luego sacó un documento de un cajón de su escritorio y lo deslizó hacia mí. Era un contrato. Grueso, con letra pequeña y cláusulas que parecían salidas de una pesadilla legal. "Fírmalo", dijo, ofreciéndome una pluma. "Y te diré todo lo que necesitas saber." Lo leí. Era un contrato de matrimonio con duración de un año, con una cláusula de confidencialidad draconiana y una penalización por incumplimiento que me dejaría en la ruina. Pero en la página cinco, había una cláusula que me detuvo en seco: "El esposo se compromete a revelar toda la verdad sobre el escándalo Ríos, incluyendo los nombres de todos los implicados y el motivo real de la muerte de Tomás Ríos." Mi padre. Su nombre escrito con tinta negra en un contrato con el diablo. "No puedo creer que esté considerando esto", murmuré, más para mí misma que para él. "Pero lo estás considerando." Adrian se sentó en su silla, observándome con una intensidad que me hacía sentir como si estuviera desnuda. "Porque eres como yo, Isabella. Estás dispuesta a hacer lo que sea necesario para obtener lo que quieres. Incluso si eso significa vender tu alma." "Usted no sabe nada de mí." "Sé que no has dormido bien en cinco años. Sé que cada vez que cierras los ojos ves el rostro de tu padre el día que lo arrestaron. Sé que has sacrificado todo, amistades, relaciones, una vida normal, para llegar a este momento. Y sé que no vas a retroceder ahora." Me odié por las lágrimas que amenazaban con brotar. Me odié por la verdad en sus palabras. Y me odié por lo que estaba a punto de hacer. "Una condición", dije, y mi voz sonó ronca. "Nada de contacto físico. Este matrimonio es solo de nombre." Él arqueó una ceja. "¿Y si la situación requiere lo contrario? Las apariencias son importantes en mi mundo." "Encuentre otra manera." Se quedó callado un momento, y luego asintió lentamente. "Aceptado. Pero hay algo que debes entender. Una vez que firmes este contrato, no hay vuelta atrás. Los enemigos que tengo no se detendrán ante nada para destruirme, y al convertirte en mi esposa, te convertirás en un blanco. ¿Estás preparada para eso?" "Estoy preparada para cualquier cosa con tal de saber la verdad." "Veremos." Me tendió la pluma. "Firma." Mi mano temblaba cuando tomé la pluma. Pensé en mi padre, en su sonrisa, en las noches que pasábamos leyendo juntos, en la forma en que me decía que siempre hiciera lo correcto, sin importar el costo. ¿Estaría orgulloso de mí ahora? ¿O se retorcería en su tumba al ver a su hija aliándose con el hombre que lo destruyó? Firmé. Adrian tomó el contrato, revisó mi firma y luego lo guardó en un cajón que cerró con llave. "Bienvenida a la familia Sterling, señora Sterling." "Todavía no." "En papel, sí." Se levantó y se ajustó los puños de la camisa. "Tenemos una boda que planear. Nada grande, por supuesto. Algo íntimo. Pero lo suficientemente público para que todos sepan que estás bajo mi protección." "¿Protección de qué?" Antes de que pudiera responder, la puerta del despacho se abrió de golpe. Un hombre entró, alto y corpulento, con cicatrices en el rostro y un arma en la mano. Detrás de él, dos más, armados con rifles. Adrian se movió más rápido de lo que creí posible. Me empujó detrás de su escritorio, cubriéndome con su cuerpo. "No te muevas", susurró, y su voz era hielo. "Señor Sterling", dijo el hombre de las cicatrices con una sonrisa desagradable. "El jefe quiere hablar con usted. Y con la señorita Ríos, por supuesto. Parece que ella es más importante de lo que pensábamos." El corazón me martilleaba en el pecho. Miré a Adrian, esperando ver miedo, pero lo que vi fue algo mucho más aterrador: determinación. La determinación de un hombre que estaba dispuesto a matar. "Corre hacia la puerta del fondo", me susurró, sin apartar la vista de los intrusos. "Ahora." "¿Qué?" "¡Ahora, Isabella!" Me moví. No sé cómo, pero me moví. Corrí hacia la puerta que indicó, mientras el sonido de disparos y cristales rotos llenaba el aire. No miré atrás. No podía. Solo corrí, con el corazón en la garganta y el nombre de mi padre en los labios. Cuando llegué al pasillo, me detuve, jadeando. El silencio que siguió fue peor que los disparos. ¿Estaba Adrian muerto? ¿Estaba herido? Y entonces, en el silencio, escuché una voz que heló mi sangre. "Tenemos a la chica", dijo alguien a mi espalda. "Y el jefe estará muy contento de conocerla. Después de todo, ella es la que tiene el libro."Adrian Sterling emergió de las sombras con las manos en alto, su silueta recortada por la luz de los reflectores. Caminó lentamente hacia el centro del almacén, con los ojos fijos en el hombre de las cicatrices, pero su mirada se desvió hacia mí por un segundo. Solo un segundo, pero fue suficiente para que yo entendiera el mensaje: *Confía en mí*."El chico de oro se rinde", se burló el hombre de las cicatrices, dando una palmada lenta y sarcástica. "Nunca pensé que vería el día.""Suelta a las mujeres y llévame a mí", dijo Adrian, con una voz gélida. "Soy el que tiene el libro. Ellas no son más que lastre.""Adrian, no", susurré, pero mi voz se perdió en el rugido de la sangre en mis oídos.El hombre de las cicatrices se rio, un sonido desagradable que rebotó en las paredes metálicas. "Eres un mentiroso, Sterling. Siempre lo has sido. El libro está en la chica. Lo sé. Mi jefe lo sabe. Y si no nos lo das ahora, empezaremos a cortar dedos."Hizo un gesto a uno de sus hombres, que se ac
La hora siguiente fue un torbellino de movimientos frenéticos y decisiones imposibles. Adrian me llevó a una de sus casas de seguridad, un ático de lujo en el centro de la ciudad que parecía más un búnker militar que una vivienda. Hombres armados patrullaban los pasillos, y las ventanas estaban equipadas con cristales blindados.Me senté en un sofá de cuero negro, con una manta sobre los hombros y un vaso de whisky en la mano que no dejaba de temblar. Adrian estaba de pie frente a una mesa de mapas, rodeado de sus hombres de confianza, trazando un plan."La dirección es un almacén en el puerto", dijo uno de los hombres, un tipo corpulento con cicatrices de guerra. "Es una zona abierta, sin muchos escondites. Si entramos, nos verán venir.""Entonces no vamos a entrar", dijo Adrian, con una calma que me erizó la piel. "Vamos a hacer que ellos salgan.""¿Cómo?"Adrian se giró hacia mí, y en sus ojos había una determinación fría y letal. "El libro. Necesitamos el libro.""¿Qué?", me levan
El sonido del gas venenoso entrando por las rejillas de ventilación era un silbido fino y letal, el tipo de ruido que te dice que te quedan segundos de vida. El aire ya empezaba a picarme en la garganta, un olor dulzón y metálico que anunciaba la muerte."Isabella, al suelo", ordenó Adrian, su voz cortando la oscuridad absoluta de la bóveda. "El gas es más pesado que el aire. Tápate la boca y la nariz con la ropa. Respira lo más superficialmente que puedas."Me dejé caer de rodillas, arrastrando a mi madre conmigo. El suelo de la bóveda estaba frío, y el terror hacía que mis manos temblaran mientras me cubría la cara con el cuello de mi camisa. A mi lado, escuché a Adrian moverse con una eficiencia aterradora. No estaba entrando en pánico. Estaba trabajando."¿Qué estás haciendo?", logré jadear, mientras mis pulmones empezaban a arder."La puerta tiene un sistema de bloqueo de emergencia", respondió, su voz amortiguada por la tela. "Pero ese bastardo debe haberlo anulado desde el exte
El ruido de las aspas del helicóptero era ensordecedor. Los haces de luz blanca atravesaban las ventanas polvorientas del almacén, cegando al hombre de las cicatrices. Su arma temblaba contra la sien de mi madre."¡No te muevas, Sterling!", gritó el secuestrador, con la voz rota por el pánico. "¡El jefe quiere el libro! ¡No te atreverás a disparar!""No estés tan seguro", susurré, con el corazón martilleando en mi pecho.La puerta principal del almacén estalló hacia adentro. No fue un disparo, sino una carga explosiva. El humo y el polvo llenaron el aire, y entre la bruma, vi a Adrian. Entró como un fantasma vengativo, con un chaleco antibalas y un rifle en las manos. Detrás de él, una docena de hombres armados hasta los dientes."Suelta a la mujer", ordenó Adrian, su voz amplificada por un comunicador. "Tienes cinco segundos antes de que ordene abrir fuego."El hombre de las cicatrices dudó. En ese instante de distracción, me lancé hacia un lado, arrastrando a mi madre conmigo detrás
El silencio que siguió a la llamada fue más aterrador que cualquier grito. Adrian me arrebató el teléfono, pero la llamada ya se había cortado. Me miró con una mezcla de furia y miedo."Tu madre está muerta", dijo, con la voz tensa. "Murió en el mismo accidente que tu padre. Lo vi en el informe.""El informe que tú mismo podrías haber falsificado." La desconfianza volvía a arder en mi pecho. "¿Cómo sé que no estás mintiendo? ¿Cómo sé que todo esto no es otra trampa?""Isabella, te juro por lo que más quiero que no sé nada de tu madre. Si está viva, es una sorpresa para mí también.""¿Y por qué debería creerte?""Porque tu padre me hizo prometer que te protegería. Y protegerte significa decirte la verdad, incluso cuando duele."Me senté en el sofá, con las piernas temblorosas. Mi madre. La mujer que había llorado en el funeral de mi padre, la mujer que había desaparecido de mi vida poco después, supuestamente de un ataque al corazón. ¿Estaba viva? ¿Había estado escondida todo este tiem
Me llevó tres días procesar la carta de mi padre. Tres días en los que Adrian me mantuvo escondida en una casa de seguridad en las afueras de la ciudad, con guardias armados en cada puerta y ventana. No hablamos mucho. Yo estaba demasiado furiosa, demasiado confundida, demasiado... todo.Pero la furia se estaba agotando, reemplazada por algo más peligroso: la necesidad de respuestas. Y la única persona que las tenía era el hombre al que había jurado destruir.Lo encontré en el estudio de la casa, sentado frente a una chimenea encendida, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en las llamas. Tenía el brazo vendado, pero por lo demás, parecía el mismo de siempre: impecable, controlado, peligroso."Necesito saberlo todo", dije, sentándome frente a él. "Desde el principio. Sin mentiras."Adrian me miró, y por un momento, vi una grieta en su armadura. "¿Estás segura? Una vez que lo sepas, no hay vuelta atrás.""Ya no hay vuelta atrás. Firmé tu contrato. Me secuestraron. Vi la







