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CAPÍTULO 35

ผู้เขียน: Ría Luxuria
last update วันที่เผยแพร่: 2022-03-09 12:00:29

―¿Dónde está Laura?

La voz de Ruben Miller tenía la cualidad de resonar en el aire, incluso si no hablaba en un tono alto, por eso, cuando preguntó por su nieta, pareció más un regaño que una simple increpación.

El departamento legal se había marchado apenas veinte minutos antes y los tres Miller se quedaron en silencio ponderando todo lo que les dijeron. Después de una hora con toda la plantilla de abogados, solo permanecieron ellos tres y Austin Melbourne, un hombre que había estado junto a Ruben por al menos unos treinta años, y era el abogado que conocía todos los secretos de Miller, Co.

―Aunque la evidencia que presentan es circunstancial, hay demasiada, Ruben ―dijo con voz pausada, su semblante tranquilo demostraba que no se intimidaba por la mirada intensa y pesada del patriarca―. Es difícil que el público y los organismos de ley no intenten investigar más a fondo todo esto, los hechos están allí, saben que no les tomará mucho encontrar las conexiones y a los autores del delito.

―Suponiendo que sea así, en el peor de los casos diremos que no tuvimos opción ―comentó Jacobo―. Todos saben que los Stracci tienen negocios en todos lados, y también saben que ellos se han infiltrado en todos los niveles de todos los organismos y negocios importantes de esta ciudad, que hayan metido una docena de sus hombres como albañiles y capataces dentro de la obra mientras se llevaba a cabo no es tan irreal. ¿Y qué podíamos hacer nosotros? El gobernador nos obligó a contratar mano de obra local.

―Esa es una aproximación posible ―aceptó el abogado, asintiendo con elegancia―. No obstante, tal y como sugirió David, debemos ponernos en manos de la policía, ayudarlos con la investigación y de ese modo, protegernos las espaldas.

―Si hacemos eso, ¿no traerá consecuencias con los Stracci? ―inquirió Antoni.

La expresión sombría de su padre lo dejó en silencio, miró de reojo a su abuelo, admirado del estoicismo que demostraba; solo tenía una leve palidez en su piel, nada más.

―Lucciano Stracci tiene sus topos dentro del buró de investigación ―comentó Ruben, quitándole importancia―. Esto sería una raya más para el tigre, una muy pequeña en comparación con sus otros negocios. Es muy probable que en este momento se esté riendo de toda la situación.

―¿Y qué hay de los Murphy? ―preguntó su nieto―. Algunos de los artículos hablan sobre los permisos aprobados a nivel público que no cumplían con las pautas. Las firmas son de…

―Pilar ya se está encargando de eso ―interrumpió Jacobo―. Ellos están acostumbrados a lidiar con estas cosas. El verdadero problema se presenta a nivel financiero, después de entrar a la bolsa de valores tras tanto esfuerzo, en el último año todo ha ido de mal en peor.

―Por ahora me pondré en contacto con la oficina de investigación de delitos financieros de la policía ―anunció Austin, levantándose de la silla―. Cuando recibas la declaración para la prensa, me la envías ―le recordó a Antoni.

El hombre asintió en silencio, aún no lograba calmar sus nervios; el escandalo había estallado en sus manos en el peor momento, ahora solo le quedaba esperar las consecuencias de algo que ni siquiera manejó él.

Todo el trabajo de los últimos meses podría ser en vano debido a esa noticia, la licitación que estaban esperando y que inyectaría un flujo de capital necesario para la empresa se hallaba a un paso de desaparecer. Antoni le había arrebatado ese proyecto a su cuñado con la finalidad de mejorar su imagen dentro de la compañía y la familia; aunque su madrastra despreciaba a David Hansen, el resto estaba más que contento por sus lazos con la familia.

No era que estuviese celoso, pero como el próximo presidente de la compañía, necesitaba tener un mejor portafolio de logros para poder tomar posesión de la silla sin sentir que no se lo merecía. También para acallar las habladurías de que solo había llegado allí por ser miembro de la familia y no por sus capacidades.

Una vez que Laura quitó todas las restricciones en Hansen, el hombre empezó a brillar; su talento era indiscutible y por un momento pareció que la era de oro de Miller, Co., había llegado. Esa fue la principal razón por la que Ruben no se opuso al matrimonio de su nieta, y se contentó mucho más cuando nació Noah.

Aunque el viejo Miller no demostrara de manera abierta que apreciaba a David, el hecho de que tomara en cuenta sus opiniones demostraba la posición que tenía su cuñado dentro de la familia.

Cuando el abuelo preguntó por la pelirroja, el ambiente se puso más tenso.

―No vino a trabajar hoy ―respondió Antoni.

―El día en que es más necesaria y no se presenta en la empresa ―dijo Ruben con evidente decepción.

―Tuvo un accidente, se cayó el sábado en la noche y tiene las rodillas lastimadas y un tobillo luxado ―explicó él―. No puede caminar.

―Tsk… ―Ruben se inclinó en la silla, mirando un punto indeterminado en el escritorio.

―¿Entonces quién se está encargando de la declaración para la prensa? ―indagó Jacobo.

―El equipo de relaciones públicas. ―Antoni se frotó la cara con ambas manos―. Apenas me hagan llegar el comunicado te lo envío y al tío Austin.

Ruben asintió con desgana, soltó una exhalación larga y se puso de pie.

Salió de la oficina caminando despacio, sus ademanes elegantes siempre llamaban la atención; a pesar de estar casi por alcanzar los ochenta años, se conservaba bastante bien.

Aunque eso era solo una fachada.

A medida que descendía en el elevador Ruben Miller empezó a sentirse realmente mal. Su aliento empezó a desprender un aroma mohoso que lo obligó a mantener la boca cerrada; la debilidad iba en aumento, consumiendo toda su fuerza, hasta el punto en que comenzaba a sentir pesada su respiración. Cuando las puertas del elevador se abrieron al sótano donde estaba el auto que lo esperaba en el estacionamiento, procuró caminar con toda la velocidad que pudo para salvar la corta distancia y entrar en el mismo.

Tenía miedo de desvanecerse a mitad de camino y que todos se enteraran de su enfermedad.

El chofer, que también era su mano derecha de los últimos cuarenta años, se apeó del vehículo y corrió a su encuentro. La palidez casi cadavérica del hombre mayor era alarmante.

Abrió la puerta trasera, ayudó a Ruben a sentarse y corrió a ponerse frente al volante, a la vez que llamaba por su móvil para informar de la situación.

No tuvo ni que preguntar a dónde debía dirigirse, ya era una rutina bien establecida a donde tenían que ir cuando algo como aquello sucedía. El anciano se desmayó a mitad de camino, pero en menos de diez minutos entraron al estacionamiento de la clínica donde ya lo esperaba un grupo de médicos y enfermeras para estabilizarlo.

Una hora después, Ruben abría los ojos; una cara conocida apareció frente a él, el doctor Wang lo observaba con preocupación.

―Debido a la hipoglucemia te desmayaste ―informó con calma―. Los medicamentos ya no están funcionando, señor Miller.

―¿Cuáles son las opciones? ―indagó con voz firme, ocultando el temor que lo atenazaba. A pesar de lo mucho que había vivido aún no se encontraba preparado para morir.

El doctor Wang jaló el banquillo con ruedas que estaba justo debajo del monitor cardiaco, se sentó en este y miró a su paciente con algo de compasión; no importaba la edad del paciente, siempre era difícil dar noticias como esa.

―Tu hígado está fallando de manera crónica, al paso que va en pocos meses fallarán los riñones también, y corres riesgo de padecer más males debido a la toxicidad en el cuerpo porque tu hígado no está cumpliendo su función ―explicó en un tono sosegado―. Lo único que queda por hacer es un trasplante.

»Debes hablar con tu familia y verificar si alguno de ellos es compatible contigo, cuanto antes mejor. Es el camino más rápido que tienes para conseguir un donante de órganos que sea compatible; porque no sabremos cuándo puede aparecer uno, o en su defecto, que te den prioridad a ti, por tu edad. Hay muchos factores que influyen en un trasplante, la edad es uno de ellos.

Ruben cerró los ojos, tragó saliva con dificultad y pensó detenidamente sus opciones.

Aunque el tiempo pasaba de manera indetenible, él jamás lo sintió como algo malo, siempre se cuidó en todos los aspectos de su vida diaria para tener una larga existencia. A pesar de la edad aún no se retiraba por completo, vivía una vida plena llevando a cabo proyectos de todo tipo, no solo a nivel financiero.

En verdad no estaba preparado para morir.

Mucho menos con los incompetentes que tenía como herederos.

Jacobo era un papanatas que perdió la voluntad de luchar cuando se vio obligado a casarse con Pilar. Antoni carecía del carácter necesario para dirigir un imperio como el que él estaba construyendo; su nieto siempre caminó por las sendas correctas, procuraba evitar ensuciarse las manos demasiado, y si era posible, no quería tener nada que ver con gente del bajo mundo.

Era un imberbe idealista.

No comprendía que en ese mundo nadie era totalmente bueno ni por completo malvado.

Sabía que no iba a alcanzar a modelar a Noah para el futuro, pero al menos quería vivir unos diez o quince años más para dirigir al padre del niño, con la finalidad de que este fuese la roca angular del pequeño pelirrojo.

Era una pena que Laura hubiese sido una niña. Su nieta fue la única que demostró tener agallas de verdad. Siempre sustento con acciones sus palabras, demostrando que era mejor ser terca e impertinente a ser sumisa. Por eso era que ella obtenía lo que deseaba.

―Le avisaré a mi familia ―anunció por fin, dejando escapara una exhalación de resignación―. A toda ella, incluidas mis hermanas, hijos e hijas, incluso a mi nieto y nietas. Con una familia tan prolífera, seguro hay alguno compatible.

Si no, entonces lo conseguiría a como diese lugar. En ese mundo no existía nada que no tuviese un precio, y él tenía dinero suficiente para pagarlo.

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