Don Guadiola
Antes de que empezara la cena de Nochebuena, mi hermana, Lily Cornwell, anunció que estaba aprendiendo pintura corporal y que quería practicar en mi espalda.
—No te preocupes. La pintura es lavable y se irá borrando en unos días —me aseguró.
Ilusamente, yo le creí.
Sin embargo, cuando me colocó frente al espejo, leí la frase «Soy una idiota» escrita debajo de mis omóplatos.
Ante aquella imagen, mi rostro se ensombreció, sintiendo cómo la rabia y la vergüenza se apoderaban de mí, mientras Lily se desternillaba de risa, apenas pudiendo mantenerse en pie.
Mi madre soltó una risita, antes de acercarse para darme una palmadita en el hombro.
—Lily solo quiere hacernos reír a todos. La pintura se te va a quitar en unos días. Es Navidad. No te pongas tan seria ni nos arruines el ambiente.
Mi padre, por su parte, cortó un trozo de pavo asado y lo sirvió en mi plato, mientras intentaba hacerme entrar en razón.
—Tú eres la hermana mayor. Tu deber es dar el ejemplo. No te lo tomes tan en serio.
Tragando saliva, miré a Ethan Brooks, mi compañero destinado. Él era el único que sabía exactamente cuánto odiaba que se burlaran de mí.
Sin embargo, me ignoró por completo, ya que se encontraba ocupado en transferirle dinero a Lily .
—Está bien, doscientos dólares. Ganaste.
—Te dije que se iba a enojar en un minuto. ¿Ya ves? —repuso Lily, agitando su teléfono.
—Yo dije cinco minutos —respondió Ethan entre risas—. Parece que la sobreestimé.
Todos se divertían a mi costa.
A Lily le encantaba gastarme bromas. Me había escondido las llaves y cambiado los medicamentos. Sin embargo, cada vez que hacía algo como esto, mi familia no hacía más que repetir:
«Déjala. Solo está jugando».
No era que no me quisieran. El problema era que siempre esperaban que yo la aguantara.
Por esto, no pude evitar pensar en la oferta de trabajo que Arthur Richmond, el Alfa de la Manada Northridge, me había ofrecido como su sanadora principal. Aquel era el puesto con el que siempre he soñado y solo tenía hasta Navidad para aceptar o rechazar la oferta.
Pero ya no tenía que pensarlo más.
Aquella misma noche, tomé una decisión: dejaría a Ethan y a mi familia atrás.