Bajo las Luces del Atardecer
Mientras tanto, Daniel y Alonso volvían a casa, y lo único que encontraron fue mi carta y las tarjetas bancarias en la mesa.
—Vaya, cómo cambió... —murmuró Daniel , con la cara cargada de rabia.
Alonso, también fastidiado, agarró el celular del mayordomo y me llamó:
—Lourdes, ¿puedes dejar de hacer tanto show? Está bien, está bien, Isabella ya te perdonó. Vuelve ya.
—Si no, esta boda también se cancela...
—Alonso, lo nuestro se terminó hace rato —le corté, seca. Apagué el celular, saqué la SIM y la tiré por la ventanilla.