En esta vida no tengo corazón para amar
Al observar las heridas profundas en su cuerpo, incluso en algunas se veía hasta los huesos, no pude contener el dolor que sentía en mi pecho, las lágrimas rodaban sin freno por mis mejillas.
Este hombre del noreste, rudo y fuerte, mostró por primera vez una expresión de desconcierto. Extendió su mano y, con las yemas ásperas de los dedos, secó suavemente la humedad de mi rostro.
—No llores, no me duele. Estoy bien. Tú nos estás haciendo una contribución al noroeste, y protegerte es lo correcto.
Al ver a este hombre tan grande, torpe y desconcertado, no pude evitar que mi llanto se transformara en risa.