EL CONFESIONARIO DEL PECADO
Damián soltó un gruñido bajo, una mezcla de diversión y arrogancia masculina, mientras daba un paso al frente, acortando la distancia con sus casi un metro noventa de estatura.
—¿Y eso te molesta, pequeña? —susurró, atrapando mi mandíbula con una de sus manos grandes, obligándome a mirarlo hacia arriba—. ¿Estás celosa de las ovejas de mi rebaño?
—Usted es mío —declaré con una audacia que ni yo misma sabía que poseía, clavando mis uñas en la tela de sus hombros—. Demuéstremelo.