MALVADO SENÕR BRAGANÇA
Miro desesperadamente en su dirección, rogándole que me libere de su agarre, y encuentro sus iris negros como el carbón resentidos, llenos de rabia.
—No huyas, eso es todo lo que quieren. — Dice, señalando en dirección al pequeño grupo en el que Eduardo parece ser parte de la cabeza.
No salgo, pero siento que el agua salada inunda mi visión.
—¿Te dije un chiste?— El señor. Bragança habla de nuevo, luciendo genuinamente irritado, a pesar de usar un tono frío para hablar.
Poco a poco los estruendos y las risas se disipanmetro, aunque mantengo la cabeza baja para evitar el contacto.