Mi adorable mafioso / Prometida en sangre
Era el brillo peligroso de quien no solo observa el incendio, sino que contempla lo que quedará cuando las llamas se extingan.
En la tranquilidad de su palacio, con una taza de café entre los dedos, Dante pensó una frase que no necesitó pronunciar para hacerse presente: «si yo poseyera el poder absoluto, nadie podría tocarnos». No era un deseo súbito, sino una idea que llevaba tiempo germinando, ese tipo de semilla que uno planta sin darse cuenta y que, bajo un día de calor, empieza a romper la tierra. El escándalo, el caos, la fuga de atención hacia el propio corazón de la máxima potencia del mundo: todo eso actuaba como abono.
—¿Y cuando todo esto pase? —dijo en voz baja Dante—, ¿qué queda