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Después de sus cien engaños, rompí con él para siempre

Después de sus cien engaños, rompí con él para siempre

Después de tres años de matrimonio con Ricardo Montenegro, nunca faltaron mujeres a su alrededor. Cada vez que llevaba a una a casa, me regalaba un collar de valor incalculable. En apenas tres años, ya había reunido noventa y nueve collares. Cuando Ricardo me colocó el collar número cien, ya no lloré ni armé escándalos. Porque esta vez, la mujer con la que me fue infiel era mi propia hermana mayor. La misma hermana que desde niña me golpeaba y me insultaba. La persona que más amaba se alió con la que más odiaba para torturarme. En ese momento, se me murió el corazón. Esta vez fui yo quien se acercó a Ricardo y le entregó un contrato de compra de una vivienda. —Con tal de que firmes, te dejo que se revuelquen como quieran. En sus ojos pasó un destello de sorpresa; al final firmó sin pensarlo dos veces. Incluso, por primera vez, besó mi mejilla con ternura. —Cariño, por fin aprendiste a portarte bien. Le abrí personalmente la puerta del carro y lo vi marcharse hacia mi hermana. Cuando el vehículo desapareció por completo, solté un largo suspiro y saqué de debajo de los documentos… el acuerdo de divorcio.
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Vendió el diamante y él la premió

Vendió el diamante y él la premió

Durante el mayor evento de ofertas del año, la asistente “inocente” de mi prometido vendió un diamante de un quilate por un solo centavo. En apenas veinte minutos, la empresa perdió doscientos millones. Yo temblaba de la rabia, pero Alejandro me sostuvo entre sus brazos para calmarme: —No te preocupes, déjamelo a mí. Esa misma noche, Luciana publicó en redes una transferencia de más de un millón, la cual venía acompañada con un mensaje apenas perceptible, ’para toda la vida’. Junto a la foto ella escribió: [Hoy cometí un gran error, pero mi jefe me consoló. Incluso me pidió que no discutiera con esa bruja loca, y que me portara bien.] Yo no me contuve y le comenté la publicación: [Qué bonito, que les dure para siempre.] Luciana borró la publicación al instante. Minutos después, Alejandro irrumpió en la habitación y me dio una bofetada. —¿Qué intentas al darle “me gusta” a la publicación de Lucy? ¡Ahora se siente tan mal que incluso quiere suicidarse! Solo se perdieron doscientos millones, ¿de verdad tenías que empujarla hasta ese punto? Hablaba con total seguridad, como si tuviera toda la razón. Sin embargo, más tarde cuando ni siquiera podía pagar veinte pesos para comer, ¿por qué terminó llorando?
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El Regalo Mortal para Mi Familia

El Regalo Mortal para Mi Familia

Morí el día de mi cumpleaños, pero ni mis papás ni mi esposo se dieron cuenta. Todos estaban de lleno en los preparativos de la fiesta de cumpleaños de mi hermana gemela, Alicia Gonzáles. Mientras todos la rodeaban para escoger su vestido de gala, a mí me habían amarrado de pies y manos y me habían arrojado al sótano. Con las últimas fuerzas que me quedaban y con los dedos ya torcidos, logré marcar el 9395, la señal que Sergio Sandarti y yo habíamos acordado para pedir ayuda en caso de peligro. Nunca imaginé que llegaría el día de tener que usarla de verdad. Pero Sergio no me creyó. Respondió con frialdad: “¿De verdad haces tanto drama nada más porque no te llevamos a comprar un vestido nuevo? El del año pasado todavía te queda bien. Nos vemos más tarde en la fiesta, deja de hacer escándalo”. Él no sabía que mi vestido ya lo había destrozado Alicia. Tampoco sabía que, en cuanto colgué la llamada, yo ya estaba muerta. Así que no asistí a la fiesta de cumpleaños. Pero cuando todos vieron el regalo que yo había preparado con anticipación para Alicia, se volvieron locos.
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Mi íncubo desobediente

Mi íncubo desobediente

"Mi íncubo llegó hace un mes y todavía no deja que lo toque. ¿Por qué pasa esto?" Escribí al asesor con el ceño fruncido, ya perdiendo la paciencia. La respuesta del agente no tardó en llegar, redactada con esa cortesía empalagosa de siempre. "Señorita, nuestras unidades suelen estar ansiosas por convivir con sus dueñas. Si el suyo se comporta así, lo más probable es que esté defectuoso. Si gusta, podemos tramitar el cambio ahora mismo. El nuevo le estaría llegando en una semana." Me quedé mirando a Diego. Era perfecto, tal como lo había soñado siempre. No podía con el pensamiento de devolverlo. Decidí darle un voto de confianza y esperar unos días más. Si de plano no funcionaba, intentaría mandarlo a reparar. Me encantaba demasiado como para rendirme así de fácil. Pero todo se fue al carajo durante la cena familiar. Fue ahí donde sentí un nudo en el estómago al darme cuenta de que mi íncubo tuvo una reacción al ver a mi hermanastra... que estaba sentada justo frente a él. En ese momento, caí en cuenta: el día que llegó el paquete, fue ella quien lo abrió. Esa misma noche, volví a contactar al asesor. "¿Me confirman que el nuevo llega en una semana? Olvídenlo, mándenme el reemplazo de una vez."
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Esta vez, Lavaré mi Nombre

Esta vez, Lavaré mi Nombre

Durante el turno de noche, me negué a la petición de mi hermana adoptiva de ayudarle a ponerle la intravenosa a su paciente. Vi con mis propios ojos cómo un niño de siete años moría por una reacción alérgica causada por el medicamento equivocado. En mi vida pasada, justo después de haber terminado de aplicar la infusión, los familiares furiosos irrumpieron en la estación de enfermeras y me golpearon hasta dejarme el rostro desfigurado. Pero yo había administrado simple glucosa, imposible que provocara una tragedia así. Con la conciencia nublada, escuché que alguien llamaba a la policía. Creí que por fin llegaba un salvavidas. Nunca imaginé que el oficial, mi propio hermano, me tumbaría contra el suelo. El médico forense, mi amigo de la infancia, sacó el informe de la autopsia y me señaló como culpable. No tuve cómo defenderme; al final, los padres del niño, enloquecidos por el dolor, me golpearon hasta matarme. Incluso en el momento de mi muerte, no pude entender por qué mi hermano, que siempre me había cuidado, y aquel amigo de la infancia al que yo quería tanto, se volvieron contra mí. Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez en esa misma noche.
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Firmó nuestra ruptura… mientras planeaba nuestra boda

Firmó nuestra ruptura… mientras planeaba nuestra boda

Tras tres días sin dar señales de vida, mi prometido —el Capo de la familia Moretti— se fue de viaje con su asistente, Bella. Esperaba que, como siempre, yo me muriera de celos. Pero cuando regresó a Valmont un mes después… se encontró con alguien completamente distinta. Me pidió que le cediera mi oficina. No discutí. Recogí mis cosas y se la entregué. Para hacer brillar a Bella, me dejó en evidencia frente a un socio clave durante la reunión anual de la familia. No me defendí. Acepté el castigo sin decir una palabra. Cuando decidió ponerla al frente del negocio más rentable… tampoco reaccioné. Le entregué todos los documentos y me aparté. Bella sonreía con aire triunfante. —¿Ves? Te lo dije. —A mujeres como ella hay que saber llevarlas. Con un viajecito basta para que se asuste y vuelva dócil. Lucas se lo creyó todo. Incluso la elogió por su “gran intuición”. Después, en un gesto que jamás había tenido conmigo, prometió organizar una boda tan ostentosa que haría historia en el bajo mundo de Valmont. Pero había olvidado algo. El acuerdo de ruptura que firmó… justo antes de subirse al coche aquel día. Yo ya había cortado todos los lazos. Me iba. Y él… ni siquiera lo sospechaba.
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Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

En el quinto aniversario de mi matrimonio con Álvaro Rosales, la tragedia llegó sin aviso: su hermano murió de repente y él tuvo que asumir el papel de Don. Pero la familia impuso una condición cruel… debía tener un hijo con mi cuñada Sara Olmeda para preservar el linaje. Me negué. Álvaro también… o eso creí. Aún recuerdo cómo apretó mi mano y prometió: —Elena, jamás voy a aceptar eso. Solo tú puedes ser la matriarca de la familia Rosales… y nuestro hijo será el único heredero. Pero con los días, algo cambió. Él regresaba cada vez más tarde, consumido por responsabilidades del clan y con un perfume que no era mío. Hasta que un video anónimo lo confirmó todo. Allí estaba él, junto a Sara, en una consulta prenatal. Su mano sobre su vientre… con una ternura que alguna vez fue mía. —Sara… gracias por darme al heredero de la familia Rosales —le dijo. Y en ese instante, mi mundo se rompió. Su promesa ya era ceniza. Así que hice lo único que me quedaba… incendié el hogar que una vez fue nuestro y me fui sin mirar atrás. Después de todo, mi padre —el Don de la familia Velasco— llevaba años esperando mi regreso… y había llegado el momento de reclamar lo que siempre fue mío.
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Más allá de la sombra de la familia

Más allá de la sombra de la familia

Desde que tenía dos años, Elara Vane se convirtió en el banco de sangre personal de su hermana gemela después de que a la niña le diagnosticaran un raro defecto genético. Los médicos predijeron que su hermana no viviría más allá de los dieciocho años, así que sus padres y su hermano la consintieron y la pusieron siempre en primer lugar en todo. Incluso culpaban a Elara, acusándola de «robarle» los nutrientes a su hermana en el vientre, afirmando que por eso ella había nacido enfermiza. En su vida pasada, nadie en la familia la amó. Solo su prometido, Dante, permaneció verdaderamente a su lado. Pero Elara nunca imaginó que el amor de Dante tenía sus propios planes. Y así fue, hasta que su hermana cayó accidentalmente por un acantilado y necesitó una transfusión completa de sangre. Dante firmó el consentimiento sin pensarlo dos veces, enviando a su prometida a la mesa de operaciones para que fuera la donante. Allí, mientras su sangre se drenaba y su conciencia se desvanecía, Elara juró que, en otra vida, ¡jamás volvería a ser la bolsa de sangre de su hermana! Y entonces, la próxima vez que abrió los ojos, estaba de vuelta en el día después de su compromiso con Dante…
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La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante

La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante

Mis padres tenían miedo de que yo usara la identidad de hija de ricos para fastidiar a otros. Así que me mandaron al rancho, adoptaron a la niña de esa familia y la trajeron a la ciudad para educarla. En el rancho todos los días me levantaba a las cuatro a dar de comer a los puercos, caminaba tres horas para estudiar, y casi me muero al enfermarme por no comer bien. Por treinta dólares de colegiatura, llamé por primera vez a su teléfono, pero me acusaron de gastar dinero a lo tonto. Pero, de inmediato, para que mi hermana menor escogiera escuela, donaron un edificio. Cuando con esfuerzo entré a la preparatoria a la que ella iba, obtuve un lugar de honor. Pero mis padres me pidieron que se lo diera a mi hermana menor, y me regañaron con furia: —De verdad que eres una maldita, le robaste las cosas a tu hermana menor, y, por tu culpa, no puede estar tranquila. Estás en deuda con ella de por vida. Con su identidad, renunciaron a mi lugar de honor, y dejaron que mi hermana menor cumpliera su deseo. Incluso, para su futuro le dieron a ella las acciones de la compañía y la casa. Toda la familia se estaba preparando para salir del país juntos. Viendo todo esto, ya no me sentía triste, por lo que, tranquila, me limité a empacar mi maleta, dejé aquella casa que no me pertenecía.
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Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Cinco años después de mi muerte, mi esposa, la médica Elba Latapí, quiso volver a endilgarme la culpa de un caso de negligencia médica para encubrir a su primer amor. Con un documento falsificado en la mano, se plantó en mi antiguo departamento, pero solo encontró el lugar cubierto de polvo. Entró en pánico y bajó corriendo a preguntarle a Julio Melgar, el dueño de la tienda de abajo, por mi paradero. Pero él le respondió: —¿Antonio Alcayaga? Murió hace cinco años. La familia de la víctima de aquel caso de negligencia médica lo acorraló ahí y le dio más de diez puñaladas. Elba no le creyó. Estaba convencida de que yo había sobornado al dueño del local y de que él estaba mintiendo para cubrirme. Rodó los ojos, curvó los labios con desprecio y resopló: —¿Así que ahora, solo porque lo suspendieron por dos años, me sale con este teatrito? Dile que, si no aparece en tres días, dejaré de pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana. Después de soltar esas palabras, se fue entre maldiciones y azotó la puerta al salir. El dueño la vio alejarse, negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. —¿Qué hermana? Ella ya murió hace muchísimo tiempo… porque no tenían dinero para costear el tratamiento.
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