Una semana para el amor
Y mucho menos para ti o para mí; somos demasiado jóvenes aún —puntualiza y, que dijera ello, me hace reír un poco.
—Estamos por llegar a los cincuenta, Max —le recuerdo—. Debes asumirlo y aceptarlo —menciono—. En muy pocos años… —suspiro—, seremos unos viejos decrépitos —sentencio.
—Bueno… sí —contesta mi amigo—, pero no será a mis sesenta —señala Max—. Recién me consideraré un anciano a los setenta —alude—. Aunque, para ser sincero, no me molesta la edad que tenga —señala—, no me importa si en doce años llego a ser un anciano, como tú dices —enfatiza—; lo único que me importa es que, en esos pocos años de vida que me queden, los pueda pasar tranquilos y al lado de la mujer que yo ame y, lo