El amor no estaba en mi Agenda
Era más fácil fingir, por unas horas más, que este frágil refugio podía ser eterno.
El mundo exterior, con sus deberes, sus mentiras y su inminente compromiso, se desvaneció. Dentro de esas cuatro paredes, solo existían ellos. Dos almas perdidas encontrando un consuelo ardiente en la piel del otro, sabiendo, en el fondo, que cada encuentro así no era un nuevo comienzo, sino una despedida más larga y dolorosa. Cada gemido ahogado de placer era un clavo más en el ataúd de lo que alguna vez fueron, y cada latido de sus corazones acelerados marcaba el ritmo de una cuenta regresiva hacia un final que Isabelle ya había firmado…