Mi dulce pecado
Mi Kyler.
Entré en ella de un solo movimiento, lento y profundo. El tiempo se detuvo. Los Alpes, la lluvia, Bruno Ricci y la Iglesia desaparecieron. Solo quedábamos nosotros, moviéndonos en una danza de sombras y luz, reclamando el territorio que nunca debió ser dividido. En cada embestida, en cada jadeo que ella soltaba contra mi hombro, yo le recordaba que las promesas hechas a los hombres se las lleva el viento, pero las promesas hechas con la sangre y el cuerpo permanecen para siempre grabadas en la madera del destino.
La tormenta siguió rugiendo fuera, pero dentro de la cabaña, después de cuatro años de invierno, finalmente había llegado la primavera.