Su omega prohibida: ¡A merced del Alfa!
— Siente eso, amor, cómo el frío te despierta más — murmuré contra su oreja, mi aliento caliente rozando su piel mientras deslizaba el hielo al otro pezón, presionando suave para que el punzante frío la recorriera, sus caderas moviéndose involuntariamente, buscando fricción que yo no le daba aún.
Bajé el hielo por su abdomen, trazando un camino lento hacia su centro, y cuando lo rocé contra su clítoris, ella gritó alto y fuerte, el frío quemando como un fuego inverso en su zona más sensible, sus músculos contrayéndose alrededor de nada, la humedad natural mezclándose con el agua derretida en un ch