El Halcón y la Dama
Era una llama que se alimentaba de recuerdos robados y de promesas susurradas en la oscuridad.
Apoyó la frente en el cristal frío de la ventanilla, viendo cómo las fachadas imponentes de la ciudad se difuminaban, dando paso a las casas bajas de los arrabales y, finalmente, a los prados verdes salpicados de rocío. El campo se abría ante ella como un horizonte de posibilidades inciertas, un tablero de juego nuevo. Ashbourne Manor la esperaba al final del camino, con sus pasillos familiares que ahora parecían estrechos, sus jardines silenciosos que podrían esconder ecos de pasos furtivos… y con la promesa secreta, tallada a fuego en su corazón, de que Gabriel D’Artois, el Halcón, de alguna form