La Maldad De Esa Cabeza
Yo asentí como un idiota, mirando el dulce como si se me fuera a caer la baba.
—Mira, loquito, vas a hincarte detrás de tu tía. Quédate ahí y, cuando yo ponga la paleta en algún lugar, vas y te la comes, ¿entendiste?
El sujeto hizo que mi tía se acomodara en una posición comprometedora; estaba tan emocionado que hasta le temblaba el cuerpo. Acto seguido, le levantó la falda de un golpe. Ella quedó con las nalgas respingadas y el mantenido, con una sonrisa burlona en la cara, clavó la paleta en su tesorito.
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