Los Dedos Milagrosos del Doctor Vidal
Si seguía moviéndome, no tardaría en sangrar por las muñecas y los tobillos.
Me faltaba el aire, pero comprendí el riesgo y dejé de forcejear. Poco después se abrió la puerta. Entró don Aldo, seguido de dos guardaespaldas corpulentos.
Entre los dos cargaban una enorme caja negra. Cuando abrieron la caja, me quedé helada de espanto. Dentro solo había juguetes de tortura, perfectamente ordenados.
Había infinidad de objetos de todas las formas imaginables, muchos de los cuales nunca había visto en mi vida. No lograba adivinar para qué servían, pero su tamaño descomunal bastaba para aterrorizarme. No alcancé a reaccionar.