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Creyeron que rogaría, los dejé sin nada.

Creyeron que rogaría, los dejé sin nada.

El día que descubrí que estaba embarazada de gemelos, vi a mi compañero destinado, el Alfa Viggo, acompañar a otra loba a su control prenatal. Me paralicé. El informe del embarazo se arrugó entre mis dedos. El mismo lobo que besaba cada centímetro de mi cuerpo, el mismo lobo que juró ser mío y solo mío. Aquella noche, sus ojos estaban tan fríos como el hielo. —Está esperando a mi cachorro. Su loba es inestable. Prepararás sus tónicos calmantes. Todos los días. —Es muy sensible. No puede dormir sin mi olor. Así que llévate tus cosas al ala oeste. Dale espacio. La enorme mansión quedó sumida en un silencio sepulcral. Mi loba lanzó un desgarrador aullido de dolor. El sufrimiento de nuestro vínculo de compañeros me desgarró el alma. Pero no derramé ni una sola lágrima. Tomé con calma la maleta que ya había preparado y caminé hacia la puerta. Los guardias intentaron detenerme, pero Viggo ni siquiera levantó la cabeza. —Volverá —dijo mientras hacía girar su copa de vino, con toda la arrogancia de un alfa—. Tres días. No aguantará más que eso. Su loba enloquecerá sin mi contacto. Regresará arrastrándose para suplicarme que me deje volver. Los miembros de la manada y los aliados que se encontraban en la ceremonia estallaron en carcajadas. Algunos incluso hicieron apuestas delante de mí. Pusieron en juego una mina de mineral aurora valorada en un millón de dólares. Apostaron a que el miedo de convertirme en una loba vagabunda acabaría conmigo y que, antes de la medianoche, estaría de rodillas, suplicándole a Viggo que me dejara regresar. Pero ninguno sabía la verdad. Estaban muy equivocados. Mi padre biológico ya había enviado en secreto el emblema de nuestra familia. Mi manada ya estaba esperándome. Esta vez rompería nuestro vínculo de compañeros de una vez por todas.
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La Contadora Robot: Renuncia y Caída

La Contadora Robot: Renuncia y Caída

En el baño de la oficina, oí a alguien hablando mal de mí. Era la pasante a la que guié durante tres meses. Se quejaba: —Es una vieja bruja sin tacto, como un robot con el cerebro apagado. Yo ya estaba a punto de abrir la puerta para interrumpirlas cuando otra, entre risas, remató: —Faltan papeles. Las facturas no están en regla. Sin la firma del director no se puede pagar. ¡Ya nos sabemos de memoria sus frases de siempre; puro teatro! Cuando se fueron, regresé en silencio a mi oficina. La pasante azotó una pila de solicitudes de reembolso con sus facturas adjuntas sobre mi escritorio. —No vayas a buscar cualquier pretexto para negarles el reembolso otra vez. Eché un vistazo a las facturas falsas y, por primera vez, no las cuestioné. Esta vez, sonreí apenas: —Me duele la cabeza; no logro leer bien la letra.
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El Alfa se arrepintió de su traición

El Alfa se arrepintió de su traición

Tres días antes de la Ceremonia de Apareamiento, el Alfa me confesó su infidelidad. —Mientras estabas fuera por negocios, me acosté con Sophie. Pero no te preocupes. Aun así seguiremos adelante con la ceremonia. Tú seguirás siendo la Luna de la manada. El corazón se me heló. Lo dejé sin pensarlo dos veces. Al día siguiente, la chica a la que había patrocinado durante diez años apareció en la puerta de mi casa. —Vivian, estoy esperando un hijo de Ethan —dijo, acariciándose el vientre apenas abultado, con una mirada llena de arrogancia—. Este bebé será el heredero del Alfa, así que ya puedes rendirte. Pero lo que Ethan no sabía era que yo también estaba embarazada. No se lo dije. Simplemente reservé un boleto para irme de la manada. Lo que jamás imaginé fue que, después de mi partida, Ethan perdería la cabeza intentando encontrarme.
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Don eligió bailarina y no a su prometida

Don eligió bailarina y no a su prometida

Colter Giordano, mi prometido desde hace seis años, heredero de la familia Giordano, recibió una bala por una bailarina llamada Mia. No la recibió por mí. Una bala me atravesó el hombro. La sangre, caliente y pegajosa, me manchó el vestido. Pero mi corazón dolía más. Me preguntó si estaba bien. Solo una vez. Luego se apresuró a llevar a Mia al hospital, dejándome sangrando en el suelo. Al día siguiente, la foto de Mia apareció en mi feed de Instagram. Ahí estaba ella, en una suite de lujo del hospital. Colter se estaba desviviendo por un rasguño en su brazo que apenas se notaba. El pie de foto era de solo dos palabras: [Mi Héroe.] Le di me gusta a la publicación. Luego hice una llamada encriptada. —La oferta de la familia Falcone —dije—. La acepto. Consígueme un avión a Sicilia. Tres días.
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La streamer, el empresario y la esposa

La streamer, el empresario y la esposa

Después de cuatro años de matrimonio, Alejandro Giraldo, quien nunca publicaba en redes sociales, sorprendentemente subió un post: «¡Vaya, gatita golosa y antojadiza!» La foto mostraba a una chica con una diadema rosa de orejas de gato, comiendo barbacoa y sacando la lengua con las mejillas rojas por el picante. Era Mariana Ospina, la nueva presentadora de su empresa. En menos de un minuto, un amigo en común comentó: «¡Te olvidaste de cambiar de cuenta!» Así que la nueva publicación de Alejandro desapareció sumamente rápido, pero pronto reapareció en las redes sociales de Mariana. Poco después, entró la llamada de Alejandro. Antes, yo habría guardado capturas de pantalla y lo habría llamado primero para reclamarle; definitivamente no habríamos terminado sin una pelea. Pero, esta vez, muy consideradamente, esperé hasta que la llamada se cortara sin contestar.
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Amor indescriptible

Amor indescriptible

Llevaba ocho años casada con José García, durante los cuales él había llevado a noventa y nueve chicas a casa. Y, aquella tarde, la joven número cien estaba frente a mí. Me miró desafiante, antes de preguntar en dirección a él: —Señor García, ¿esta es tu esposa inútil? —Sí —respondió José con indiferencia, recostado en su sillón. Tras esto la joven se acercó a mí y me abofeteó desdén, mientras decía, riendo: —¡Esta noche escucharás lo que es una verdadera mujer! Y así fue. Pasé toda la noche en el salón, obligada a escuchar sus gemidos. A la mañana siguiente, como siempre, José me ordenó que preparara el desayuno. Pero esta vez, negué con la cabeza. Al parecer, él había olvidado que nuestro matrimonio era un simple acuerdo, un matrimonio por conveniencia… Al que solo quedaban tres días para llegar a su fin.
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Mi prometido se arrepintió como un loco

Mi prometido se arrepintió como un loco

Un mes antes de casarme con mi novio, él me preguntó si aprobaba su idea de tener un hijo con otra chica. Rechacé su loca idea y, a partir de entonces, me insistió todos los días. Para mi sorpresa, dos semanas antes de la boda, recibí los resultados positivos de una prueba de embarazo… que no era mía, claro. Fue entonces cuando me di cuenta de que esa chica se había quedado embarazada tres semanas antes. Entonces ¿para qué pedirme permiso si lo iba a hacer de todos modos? A partir de esto, mi amor por él empezó a perderse poco a poco. Por lo que cancelé la boda, destruí todos los recuerdos de nuestra relación y me encerré decididamente en un laboratorio de investigación, el mismo día en el que se celebraría nuestro matrimonio. ¡Mi relación con él terminó allí! ¡En paz!
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El día que mi récord de supervivencia fue 0

El día que mi récord de supervivencia fue 0

Después de quedar atrapada en una explosión en los muelles, quedé vinculada al Programa de Supervivencia. Me concedió veinticinco años y cuatro objetivos asignados. Si la puntuación de amor o la puntuación de vínculo de cualquiera de ellos llegaba al 100 %, podría despertar en mi mundo real. Pero fracasé con los cuatro. Porque todos los objetivos a los que intenté acercarme terminaron volcando su corazón hacia Sophia Lane, la protagonista de este mundo. Decían que mi dolor era una actuación. Decían que mis lágrimas eran una forma de manipulación. Aseguraban que solo fingía estar al borde del colapso para que me eligieran a mí en lugar de a Sophia. Pero si nunca me amaron, ¿por qué perdieron el control cuando mi misión fracasó y decidí abandonar este mundo para siempre?
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El Alfa me Cambió por su Secretaria

El Alfa me Cambió por su Secretaria

Mi cachorra siempre detestó el frío. Por eso me desconcertó tanto que, de un día para otro, empezara a insistir en que pasáramos unas vacaciones en los Territorios del Norte. Al principio lo tomé como un simple capricho y me negué. Nunca imaginé que llegaría al extremo de meterse en una bañera con hielo durante dos días seguidos, solo para demostrarme que no le asustaban las bajas temperaturas. Terminé cediendo y la llevé conmigo. Cassian, mi compañero, se quedó en casa con la excusa de gestionar los asuntos de la manada. El clima allí era severo. En unos pocos días, la cachorra empezó a mostrar síntomas de resfriado, tosiendo hasta quedarse casi sin aliento. No estaba dispuesta a arriesgar su salud, así que tomé la firme decisión de volver a casa de inmediato. Sin embargo, hizo un berrinche incontrolable. En ese momento, llegué a pensar que le fascinaba tanto la nieve que, simplemente, no soportaba la idea de marcharse. Eso creía, hasta que, por accidente, la descubrí hablando a escondidas con Cassian por videollamada. —¡Papi, fui muy lista! —exclamó a la pantalla con entusiasmo—. Todos los días aquí en el Norte le pongo el bloqueador de enlace en el agua a mami. ¡Así jamás se enterará de lo que tienen la tía Kayla y tú! Además, es insoportable. Ojalá la tía Kayla fuera mi mamá. El aire me faltó en los pulmones al escuchar semejante traición a través del altavoz. Apreté con fuerza el pequeño frasco que había encontrado al revisar la mochila de mi cachorra: el bloqueador de enlace. Una droga diseñada específicamente para adormecer nuestro vínculo a la distancia. Perfecto. Si tanto adoraban a Kayla, podían quedarse con ella. Yo misma les daría mi bendición. Pero entonces, después de hacerme a un lado y entregarles exactamente lo que querían... ¿por qué los tres terminaron arrastrándose de rodillas para suplicar mi perdón?
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La Falsa Demencia de la Donna

La Falsa Demencia de la Donna

Durante tres años fui la Donna de los Valenti, una familia que no dejaba de ganar poder. Un día, Enzo se reunió en un club privado de puros. Como me preocupaban sus problemas de estómago, fui a llevarle sus antiácidos de siempre. Me quedé afuera del salón privado y escuché reír a sus hombres. —Don Enzo, ¿de verdad va a seguir escondiendo a Clara en la mansión de Lago Plateado toda la vida? —Esa heredera Moretti, la loca de la casa principal, sigue paseándose como si fuera la Donna de la familia Valenti. Enzo se masajeó el puente de la nariz. —Si no se hubiera llevado un balazo en la cabeza por salvarme ni perdido la razón, y de no haber necesitado yo con tanta urgencia el dinero de su familia, jamás me habría involucrado con una mujer ajena a esta vida. Suspiró con desprecio antes de sentenciar con frialdad: —Pero Clara es mi esposa legal. El fideicomiso familiar y el acta de matrimonio del registro civil están a su nombre. Stella no es más que un juguete que tengo guardado en la casa principal. En cuanto Clara dé a luz a un heredero, la traeré a casa para siempre. Apreté la caja de antiácidos hasta que mis nudillos palidecieron; el cartón se arrugó en mi mano. En la iglesia, él había intercambiado conmigo juramentos de sangre y anillos, pero fue Clara quien firmó los papeles en el registro civil. Me tomó por estúpida con tal de proteger la reputación de esa mujer. Apretando la caja contra mi pecho, di media vuelta y volví a perderme entre las sombras. Él no tenía ni idea de que yo había recuperado la cordura hacía tres días. Jamás se imaginaría que ya le había enviado un mensaje cifrado a mi hermano, quien dirigía un imperio empresarial desde nuestro hogar en Solaria, al otro lado del océano. Estaba harta de cargar con ese maldito título de los Valenti.
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