Demonio Italiano
Fruncí el entrecejo y Alessandro me guiñó un ojo.
—Él es Alessandro Ferrari; un amigo de la infancia —le dije a Leila y ella asintió—. Debemos irnos; mañana nos espera un gran día —mascullé, mientras mi amigo se divertía a mi costa—. Nos vemos mañana, Alessandro, y por favor, sé puntual.
—Vaya que lo seré, y, recuerda Leila, que si por algún motivo te arrepientes en el último minuto, solo debes decirme y te rescataré de este ogro.