La Hija Secreta del Don
La habitación giró a su alrededor, las botellas se desdibujaron, pero esa cara transcendía todo.
—Mía... —susurró, con la voz quebrada. Esa vez no era un mandato, sino una plegaria.
Acercó el zoom, trazando la pequeña curva de su mandíbula, la inclinación de su boca, como si estuviera memorizando la prueba. Era su hija, su sangre.
Su mundo se volvió a desmoronar.
Porque en ese momento comprendió que no solo me había perdido a mí, también había perdido la familia que podría haber sido suya desde el principio. Y esa vez, no había a quien culpar. Solo a sí mismo.