Mi Rey
Kairi una vez más rodó los ojos, sintiéndose también como si pudiera reír, pero sin llegar a hacerlo, aunque no pudo evitar una sonrisa divertida.
De pronto, Meredith simplemente despertó de golpe, mirándola con ojos adormilados, antes de tomar otro sorbo de la pequeña botella de vino y sellarla y guardarla en su amplio escote.
—¡Kairi, querida! ¡Ya regresaste, que bien! —habló solo con el más leve de los indicios de alcohol en su voz. Aparentemente ella compartía la habilidad del padre de su hija en ese aspecto: la capacidad de no sonar como borracho aun cuando se haya bebido media cantina y apestara fuertemente a alcohol.