Relatos Prohibidos
Sin decir nada, sin apartar sus ojos mordaces de los míos, que casi parecían que me estuvieran mirando con odio, tomó las bragas y las jaló tratando de quitármelas, haciéndolas girones en el proceso, dejando la tela suspendida a una de mis rodillas, mientras me abría de piernas y me estudiaba desde su altura.
Sus ojos se oscurecieron más, su mandíbula se apretó y tuve que sostenerme de la sábana sobre mi cabeza, jadeando, con el fuego recorriendo mis extremidades con más brío, sabiendo que sus ojos solo hablaban de su deseo prohibido, de esas ganas que tenía de profanarme.
―En cuatro ―ordenó sin verme a los ojos, perdiéndose en mis pliegues, con los dedos incr