Santuario Prohibido
El olor de las cosas que se descomponen cuando nadie las vigila.
Bruno Santoro cuelga frente a mí, un marioneta grotesca con los ojos vendados. Los cinchos de plástico blanco, tan comunes, tan vulgares, muerden sus muñecas, atadas al gancho de carga que desciende del techo. No está lastimado. No todavía. La elegancia está en la precisión, no en la carnicería. Está suspendido, los pies rozando el suelo, en una posición lo suficientemente incómoda para recordarle cada segundo su propia vulnerabilidad. Su chaqueta de cuero, esa armadura de niño duro, yace en un montón sucio a sus pies. Me produce un desprecio casi estético.
—¿Hay alguien ahí? —aulla, su voz apagada por la venda pero cargada de