Encadenados por el destino
El muchacho soltó una carcajada, y la diversión brilló en sus ojos.
—Estoy feliz con mi esposa, ¿y qué? Es una mujer inteligente, capaz, honesta y pragmática. —Se encogió de hombros—. ¿Me obligaron a casarme? Claro, pero no me ves quejándome, ¿o sí?
Pudo ver la ira brillar en sus ojos marrones, aunque no le importó.
—Ella no te conoce como yo, Kane. ¿De verdad crees que eres feliz con ella? —comentó con condescendencia—. ¿No te has puesto a pensar que quizá solo te estás conformando?