เข้าสู่ระบบEl grito de la secretaria, Elena, fue el ancla que terminó de romper la burbuja de tensión magnética que se había formado entre ambos. Damián Vane dio un paso atrás, apartándose de Alexa con una parsimonia estudiada, aunque la brecha apenas calmó el fuego invisible que los rodeaba. Su rostro —el de un hombre ridículamente apuesto, de facciones esculpidas a golpe de cincel, masculinidad desbordante y una presencia dominante que cortaba la respiración— se transformó de inmediato en una máscara de frialdad tan perfecta que resultaba irreal.
—¡Señor Vane! —la voz de Elena, aguda y temblorosa, se acercaba a pasos rápidos por el pasillo de mármol negro—. ¡Por favor, mil disculpas! No sé cómo esta empleada ha podido subir hasta aquí. La seguridad de la recepción debe haber fallado catastróficamente. ¡La haré evacuar de inmediato!
Alexa, con el corazón martilleándole contra las costillas a un ritmo frenético, se agachó rápidamente para recoger las hojas esparcidas. Sus dedos, inusualmente ágiles, temblaban no por miedo, sino por la descarga eléctrica que todavía recorría su nuca tras el roce de Damián. Cada vez que juntaba un folio del suelo, sentía el peso físico de la mirada ámbar de él sobre ella, una presión dominante que le erizaba el vello de los brazos.
Damián no le quitó los ojos de encima ni un solo segundo. Con su estatura imponente y sus hombros anchos que llenaban el corredor, observó cómo Alexa se esforzaba por mantener la dignidad mientras se ponía de pie, estrechando la carpeta contra el pecho. Él ajustó los gemelos de su impecable camisa negra; su postura respiraba esa autoridad absoluta e innata que hacía temblar a toda la empresa.
—¿Qué clase de incompetencia es esta, Elena? —la voz de Damián resonó en el pasillo, profunda, gruesa y con un matiz de desprecio tan abrumador que hizo que la secretaria se detuviera en seco, con el rostro desprovisto de color—. ¿Quién le otorgó autorización a esta mujer para deambular por el área ejecutiva? ¿Acaso el protocolo de seguridad es una simple recomendación opcional en esta empresa?
—Vengo del área administrativa del piso treinta y nueve, señor Vane —intervino Alexa, forzando cada palabra a salir con una compostura gélida mientras lo miraba directo a los ojos—. Tenía la encomienda de entregar un reporte urgente de auditoría y me extravié en este pasillo. No ha sido mi intención estorbar en su camino.
Damián la recorrió de arriba abajo con una lentitud exasperante, deteniéndose en sus zapatos de tacón sencillo y en la rigidez orgullosa de sus hombros. Un destello de algo profundamente posesivo, oscuro y salvaje cruzó sus pupilas doradas antes de ser enmascarado por una mueca de frialdad arrogante.
—La torpeza se paga cara en mi piso, señorita Grey —siseó Damián, y el tono grave de su voz hizo vibrar el aire del corredor—. En esta presidencia no toleramos distracciones ni errores de principiante. Recoja sus papeles y lárguese de mi vista antes de que decida que su permanencia en esta empresa es completamente prescindible.
—Con su permiso, señor Vane —respondió Alexa con los dientes apretados y el rostro encendido de rabia contenida.
Sin esperar una segunda advertencia, dio media vuelta sobre sus tacones y caminó a paso firme hacia el ascensor central.
Elena, aún pálida y petrificada frente a su jefe, esperaba temblando la reprimenda por haber permitido que una simple asistente junior irrumpiera en el espacio privado del Alfa. Damián, sin embargo, no la miró a ella. Sus ojos ámbar siguieron fijamente la silueta de Alexa hasta que las puertas metálicas del ascensor se cerraron, ocultándola. Su mandíbula se apretó con una tensión salvaje y animal.
—Señor Vane... —murmuró Elena finalmente, con apenas un hilo de voz—. ¿Quiere que llame a la jefatura de Seguridad para que redacten un reporte con el nombre de la señorita Grey y procedan con su despido?
Damián se giró hacia su secretaria. Por un breve instante, la ferocidad abrumadora de su mirada y el aura de dominio que emanaba de su figura hicieron que Elena retrocediera un paso instintivo, conteniendo el aliento.
—No, Elena —dijo él, con una voz gruesa que era un susurro peligroso y dominante—. No va a haber ningún reporte ni ninguna sanción.
—¿Señor? —interrogó la mujer, desconcertada.
—En su lugar, va a llamarla a primera hora de la mañana —ordenó Damián, ajustándose la chaqueta del traje con elegancia impecable—. Mañana mismo, la señorita Grey deja de trabajar en el piso treinta y nueve. Usted se encargará de capacitarla para que sea su asistente directa, aquí mismo, en la presidencia. Quiero que esté bajo mi supervisión constante cada minuto del día.
—¿Perdón? —Elena parpadeó, completamente atónita ante las palabras del CEO—. ¿Quiere que traiga a esa chica a trabajar aquí arriba? ¿Al lado de su despacho?
—He sido bastante claro, Elena —sentenció Damián, clavando en ella una mirada que no admitía réplica ni objeción—. La quiero en la mesa contigua a su oficina antes de las nueve de la mañana.
—Entendido, señor Vane... así se hará —asintió la secretaria, bajando la cabeza en señal de total sumisión.
—Y si comete un solo error —añadió el Alfa, dibujando una sonrisa lenta, posesiva y letal antes de dar media vuelta—, me aseguraré personalmente de que sea ella misma quien tenga que rogarme que la deje quedarse.
La imponente puerta de caoba de la presidencia se cerró con un golpe seco. Elena se quedó completamente sola en el pasillo de mármol, mirando la madera oscura en silencio, tratando de comprender por qué Damián Vane —el hombre más temido, apuesto y dominante de la industria, alguien que despreciaba la debilidad por encima de todo— acababa de ordenar que una humilde asistente junior se convirtiera en su sombra personal.
La confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en
La luz del jueves entró a raudales por los inmensos ventanales de la presidencia, tiñendo el despacho de una claridad fría que contrastaba con la agitación interna de Alexa. Había llegado diez minutos antes de las ocho, con los nervios a flor de piel y una taza de café humeante entre las manos. Cada segundo que pasaba sintiendo el peso de la expectativa la obligaba a repasar mentalmente cada palabra del texto publicitario que había redactado el día anterior.El lujo de desaparecer en la naturaleza.Había sido una apuesta arriesgada, un golpe de intuición nacido de su doble formación en administración y publicidad, pero sabía que si el concepto fallaba, Damián no dudaría en recordárselo con esa arrogancia imponente que lo definía.A las ocho y diez en punto, la puerta del asensor se abrió con un chasquido suave. El Alfa apareció en el umbral, impecable en su traje gris plomo, con los hombros anchos llenando el espacio y la mirada fija en ella. Su sola presencia hizo que el aire en la e
El resto de la tarde transcurrió bajo un silencio denso y pesado que se podía cortar con un hilo. Desde su escritorio, Alexa sentía la vibración constante de Damián al otro lado de la puerta de caoba, como si la presencia del hombre atravesara la madera. No se habían dirigido la palabra desde el altercado con Samara. Alexa se concentró febrilmente en los números, los informes y la correspondencia, utilizando el trabajo como una barrera contra el calor extraño que todavía le cosquilleaba en la nuca.A las seis de la tarde, Elena se despidió con una reverencia respetuosa y abandonó la planta, dejándolos solos en la penumbra.Alexa guardó sus bolígrafos, apagó el ordenador y se dispuso a tomar su bolso. No pensaba quedarse un segundo más de lo necesario cerca de un hombre que le desordenaba la mente con solo mirarla. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia el ascensor, la puerta del despacho se abrió con suavidad.Damián estaba apoyado en el marco. Se había quitado la
El beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.Samara.Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.Damián
El traslado al área de creatividad no le dio un solo segundo de respiro. Durante dos horas intensas, Alexa se instaló frente a las pantallas del departamento de publicidad junto al señor Smith. Sus dedos volaban sobre el teclado con una destreza feroz, puliendo cada línea del dossier, reformulando los textos del folleto y reorganizando la narrativa del hotel campestre en el Caribe bajo la mirada entre sorprendida y maravillada del jefe de creativos.A la una y cincuenta de la tarde, Alexa y el señor Smith ingresaron de nuevo al despacho de la presidencia. Damián Vane los esperaba de pie junto al enorme ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la chaqueta apoyada en el respaldo de su sillón. La camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejaba al descubierto unos brazos firmes y marcados que exudaban una masculinidad brutal.—Está listo, señor Vane —anunció el señor Smith, proyectando en la pantalla principal la nueva propuesta gráf
Alexa terminó de acomodar sus carpetas en la mesa auxiliar cuando el pesado chasquido de la puerta de caoba rompió el silencio. Damián Vane emergió de la sala de juntas, imponente y magnético en su traje de corte perfecto. Su presencia llenaba el espacio con una densidad casi palpable, emanando esa masculinidad dominante que a Alexa le aceleraba el pulso de forma inevitable. Detrás de él caminaban dos hombres con el rostro desencajado por la tensión: el abogado senior de la firma y el jefe del departamento de publicidad.—Elena, señorita Grey —la voz de Damián resonó grave, profunda y carente de rodeos—. A mi despacho. Abran la libreta de actas y tomen nota de esto.Alexa cruzó el umbral tras Elena, sintiendo cómo el intenso aroma a madera de pino y tierra mojada la envolvia de inmediato. La amplia oficina respiraba un lujo sobrio: grandes ventanales, tonos oscuros y una enorme mesa de reuniones repleta de planos y carpetas de la empresa.—Repítales el desastre, Licenciado Rivas —orde







